Brasil y Argentina, dos visiones

Julia Rodríguez Larreta

La reciente visita de Lula a Argentina es una nueva demostración del avance de la bilateralidad en las relaciones internacionales. Los dos socios mayores del Mercosur, dejan de lado a los menores del bloque, sin el menor disimulo. Pero por otra parte, la presencia del presidente brasileño incita a hacer comparaciones, "aunque sean odiosas".

Por ejemplo, las políticas de exportación de cada uno de estos dos países no pueden ser más opuestas y las cifras indican el contraste. En el último mes, el déficit comercial argentino respecto del Brasil llegó a US$ 660 millones y con él suman 62 meses consecutivos de diferencia negativa para la Argentina, a pesar del competitivo tipo de cambio argentino vis a vis la moneda brasileña. Nuestros vecinos del otro lado del Río de la Plata, hoy ocupan el cuarto lugar como suministradores de exportaciones a los brasileños y son los terceros compradores de sus productos. Esto porque Brasil, a pesar de su agresivo perfil exportador, ha sido desplazado a su vez, como primer proveedor en el rubro bienes de consumo durables hacia Argentina, por el avance de la imparable China.

Respecto a las diferencias que separan a estas dos grandes naciones sudamericanas, salta a la vista que a los brasileños no les cuesta pensar a lo grande, mientras en buena parte de los argentinos, tanto entre el común de la gente o en la clase política, es notorio que no les nace naturalmente. Más bien se percibe una aversión, cuando no un complejo, frente al éxito, que se asemeja a la idiosincracia de este lado del río.

El economista Miguel Solanet lo hacía notar con agudeza, no hace mucho, al comentar los largos debates que se sucedieron en el recinto parlamentario a raíz de la discusión de las retenciones móviles, -el primer gran fracaso político del gobierno Kirchner-, donde el término más repetido fue pequeño. Senadores y diputados, se preocuparon por hacer un marcado hincapié en la importancia de favorecer al pequeño productor con menores retenciones o compensaciones y por otro lado, ni desde el oficialismo ni desde buena parte de la oposición, se oyó destacar el fantástico crecimiento de la producción agrícola de los últimos 20 años, motorizada por aquellos que apostaron a ser grandes. Y para ello se organizaron, se arriesgaron y trabajaron, formando consorcios, empresas agropecuarias y los famosos "pools", denostados internacionalmente por Cristina, en la cumbre de la FAO.

Los fabricantes de maquinarias, los productores de fertilizantes, los proveedores de semillas, los fondos de inversión, la investigación, forman parte de esa cadena que ha hecho posible la revolución tecnológica que se conoce en la actualidad y en la cual, también Uruguay felizmente se ha embarcado últimamente.

Lo que a su vez demuestra la perimida visión del gobierno argentino, que sigue hablando en contra del crecimiento de la venta de productos primarios. Siguen pensando como hace décadas, en que el objetivo a perseguir es la industrialización del país y no se dan cuenta que las exportaciones del sector agropecuario ya no pueden ser consideradas de esa manera, dado que su producción conlleva un importante porcentaje de valor agregado que proviene, justamente, de los avances científicos y tecnológicos que hoy intervienen en el proceso. Actividad que representa el 36% del empleo y que contribuye al aumento de la producción mundial de alimentos, para una hambrienta y creciente humanidad.

Los productores menores tienen la posibilidad de convertirse en medianos, de asociarse, de buscar financiamiento, incorporando aportes de comerciantes, de profesionales y de gente diversa, mientras la tecnología ha hecho crecer los rendimientos y ha permitido utilizar tierras antes consideradas no aptas.

En el Río de la Plata, porque se da en ambas márgenes, hay que enterrar la ideología que boicotea el pensar en grande, algo que no se ve en el Brasil. Una intrincada maraña de subsidios, de impuestos diferentes a las ventas; complicados engranajes de retenciones segmentadas, a ser manejadas por el poder político, en oficinas burocráticas, pasibles de convertirse en focos de ineficiencia, cuando no de corrupción, en lugar de limitarse al clásico instrumento progresivo del impuesto a las Ganancias, terminan trancando a la producción.

Lo mismo que la nueva ley de arrendamiento que promueve el gobierno, que es una prueba más del rechazo a lo grande. Los cambios respecto de la ley vigente se refieren, uno a la duración mínima de los contratos (5 años), que quita flexibilidad y desalienta la creación de fondos para aplicar a ciclos anuales. La segunda, limita la extensión de tierra a arrendar a un mismo arrendatario o que una persona física o jurídica pueda arrendar a otros. Un tamaño que no permite economías de escala ni diversificación de riesgo.

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