TRINIDAD | DIEGO PÉREZ
El nombre de Nicola Pérez todavía no es muy conocido en el ambiente futbolístico. Pero si todo sigue como va, pronto lo será. Si para muestra basta un botón, vale decir que está invicto desde su llegada a las divisiones juveniles de Nacional y ya van más de 50 partidos, a nivel nacional e internacional. Es arquero, vive un gran presente, tiene un auspicioso futuro y, además, una muy particular historia.
Este chico nació hace 18 años en la villa Isidoro Noblía, en el departamento de Cerro Largo, a 45 kilómetros de su capital: Melo. "Tiene 3.000 o 3.500 habitantes" contó, pero después, indagando mejor, uno se entera que maquilló un poco las cifras. Son menos de 2.000, aunque tal vez lo hizo para enmendar un error cometido hace algunos meses, cuando en el pueblo se enteraron que dijo ser de Melo. "Después cuando fui, no sabés lo que fue, no hubo uno que no me jodiera. Así que ahora quiero dejar bien claro que soy de Isidoro Noblía. Después te lo apunto", dijo y siguió hablando como si estuviera frente a un conocido de años.
Cuando se le preguntó por sus comienzos, apuntó la vista a lo lejos y arrancó a contar. "Empecé cuando tenía seis años. Yo en el pueblo no jugaba, pero siempre pasaba por ahí un camión lleno de `gurises` que iban a jugar a Melo. Así que le pedí a Adán Rodríguez, el técnico, que me consiguiera un lugar. El problema era que los demás tenían 10, 11 años, era mucha la diferencia". El hombre le consiguió equipo y la madre de Nicola se negó. Pero como los abuelos están para malcriar a sus nietos, "Marito" Barone lo llevó a Melo -sin contarle a su hija, claro- y allí Nicola arrancó en el fútbol. Lo hizo en el Continental y desde su llegada se adueñó del arco de la selección, categoría tras categoría. No era de extrañar entonces que jugando para el Artigas llegara al arco de la Sub 15 de Cerro Largo. Y eso le cambió la vida.
"Jugamos un partido contra la Sub 15 de Uruguay, que se estaba preparando para ir al Sudamericano y yo, antes de empezar, le dije a mis compañeros que ese era mi partido". Y vaya si lo fue. Reconoce que atajó hasta el viento y eso le abrió las puertas de la selección celeste. Se integró al plantel pero le advirtió a la familia que no se crearan falsas expectativas, porque quedaban menos de tres meses para el torneo y el grupo ya estaba formado. Pero cuando dieron la lista definitiva, escuchó su nombre -"fue el número 15 de esa lista", recuerda- y a partir de allí más puertas se le abrieron.
En Montevideo lo querían Danubio, Defensor, Peñarol y Nacional y cuando le dieron a elegir, arrancó para la sede de la Avda. 8 de Octubre. Hoy está en la Sub 20 de Diego Aguirre, en la Cuarta División tricolor y gracias a un fuerte sostén familiar no tiene apuro. "No pude terminar quinto de liceo, pero quiero hacerlo. Uno nunca sabe lo que puede pasar y tiene que estar preparado", confía y asegura tener los pies sobre la tierra. Eso a pesar de haber sido la figura en el debut celeste en Trinidad y de haber atajado dos penales.
Ya sobre el final de la charla le surgió una duda: "¿Sabés qué? Nunca le pregunté a mi madre por qué no quería que jugara al fútbol. Le voy a preguntar".