Gonzalo Aguirre RamÍrez
En su Advertencia al tomo XXVIII del Archivo Artigas, escribió Don Juan E. Pivel Devoto: "El día en que fue ratificado el tratado de pacificación y las autoridades de Buenos Aires, el pueblo oriental, librado a su destino por obra de esas estipulaciones, celebró el pacto de su organización social y se lanzó a la aventura del Éxodo conducido por Artigas". Y agregó que fue para éste "el día de la prueba", en que no flaqueó su ánimo y en que, por ello, "fue proclamado Jefe de los Orientales para el orden militar que necesitábamos".
El día de la prueba llegó para el vicepresidente argentino Julio Cobos en la madrugada del jueves pasado, 17 de julio. Fue entonces cuando, empatada la votación del Senado en 36 a 36, el ex gobernador de Mendoza, tras pronunciar unas sensatas palabras, anunció que no votaba "por la afirmativa". Sepultó, así, el intento "kirchneriano" de legalizar su abusiva Resolución 125 e ingresó a la historia de su país. Se ganó un lugar a coraje cívico e integridad intelectual.
No es nada fácil para un vicepresidente encontrarse en la encrucijada de votar contra su gobierno cuando su conciencia le indica que, por el bien de su país, tal es su deber. Alguna vez me tocó llegar a esa cruz de los caminos, aunque, por suerte, ante un proyecto de ley de mucha menor trascendencia que el que liquidó Cobos.
El episodio, que definió el largo y enconado pleito entre el gobierno y el sector agropecuario, a favor de éste, excede, en su significación política e institucional, los límites de la concreta cuestión que lo generó. Fue una gran victoria del Congreso, que dejó de ser un ornato marginado de las grandes decisiones y recuperó, en dramática jornada, el rol trascendente que la Constitución le asigna como Poder del Gobierno.
Nada más ni nada menos, tras meses y años en que, aparecía casi como un apéndice del gobierno. Su deslucido papel era el de un mero homologador de las resoluciones presidenciales, que más bien parecían órdenes.
Montesquieu, que parecía estar de largas vacaciones en la vecina orilla, reapareció en escena en la maratónica sesión del Senado argentino. Y en la cual, por obra sobre todo de Cobos, pero también de Felipe Solá, Carlos Reutemann y otros senadores que no se doblegaron ante las presiones, se restableció la separación de poderes.
Hace tres o cuatro meses escribí en estas columnas que la señora Cristina Fernández de Kirchner iba por mal camino. Y me permití señalarle, creo recordar, que el malhumor casi permanente y el enojo reiterado contra tirios y troyanos no son buenos compañeros de los gobernantes. La traté, entonces, como casi todos sus compatriotas, simplemente de Cristina. Ello irritó sobremanera, parece, a alguien que, con olvido de los deberes de su cargo en nuestro país, ha dado en opinar pública e indebidamente sobre los asuntos domésticos del mismo.
No reiteraré, entonces, ese supuesto error. Pero como los hechos han dado toda la razón a mi advertencia, con la que quise, por cierto ingenuamente, ayudarla a rectificar un rumbo que no podía llevarla a buen puerto, es del caso insistir en que el avasallamiento de cuantos con él disienten -aún disponiendo de claras mayorías parlamentarias- no es el camino que deben recorrer los gobernantes prudentes. Ni el estilo que deben practicar.
La voracidad fiscal, además, tiene sus límites. Haberlos rebasado con creces, transformó a la protesta de los productores rurales en bandera de la mayoría de los argentinos y en vía para expresar su hartazgo de la prepotencia del binomio K y su entorno.