SEBASTIÁN DA SILVA
Argentina es objetivamente uno de los países más ricos de la tierra. La autosuficiencia alimentaria, energética, petrolera y la excepcional riqueza de la "pampa gringa" es envidia del mundo entero, que ven en sus titulares de prensa a menudo curiosidades que en ese país se gestan.
En Argentina, Perón quiso gobernar con sus dos mujeres; en Argentina la inflación llegó en su momento a ser mayor a la de Afganistán gobernada por los talibanes; en Argentina se pretendió derrotar militarmente al león británico con gurises de 18 años; en Argentina se llenaba la Plaza de Mayo vitoreando a los militares, y a los pocos días se vitoreaba la paz y rendición; en Argentina se impulso el paradigma del "uno a uno"; en Argentina gobernó Menem y sus amigos por dos períodos; en Argentina De La Rúa se fue en helicóptero; en Argentina existieron cinco presidentes en un mes; en Argentina se concibió el término corralito; en Argentina se asintió los saqueos a los supermercados; en Argentina se aplaudió la cesación de pagos internacionales; en Argentina llegaron los Kirchner y en Argentina se generó un conflicto con el sector agropecuario en el apogeo mundial de la demanda de alimentos.
Esta aburrida introducción es solamente para intentar entender lo sucedido estos casi 130 días en la vecina orilla, porque si no ingresamos en la lógica argentina es imposible para cualquier bípedo implume que razone elementalmente poder asimilar la barbaridad que vamos a relatar.
Una presidenta, electa en primera vuelta por un aplastante resultado electoral, un antecedente de crecimiento económico de más de ocho puntos, una suba de la matriz exportadora de un 40% en cuatro meses, permite que algún trasnochado quiera imponer impuestos sobre la producción bruta de casi un cincuenta por ciento. Se para el país, se genera desabastecimiento con más aumento de precios, sólo para recaudar menos del uno por ciento del presupuesto nacional. Se dilapida caprichosamente todo el caudal político en semanas, se destruye la aprobación ciudadana, y para peor se permite la tácita desautorización del mando presidencial por el propio cónyuge.
En ese marco tan absurdo se redobla la apuesta, se genera la falsa oposición del todo o nada, de la democracia o el golpismo, de la debilidad o de la fortaleza, en una alocada carrera hacia un abismo que por predecible debía de tener un plan "B". Se desconocieron todos los manuales de ciencia política y de gobierno, aquellos que desde la tapa al epílogo dicen que en política, los extremos son malos consejeros, que "nunca" y "siempre" son dos palabras que no se pueden utilizar y que en toda ocasión hay que tener una alternativa para llegar a los objetivos entre seres humanos.
Hoy más sola que nunca está Cristina, la esplendorosa oradora, la verborrágica legisladora, la omnipotente y gallarda tribuna da paso a una mujer que rodeada de las encuestas mira con arrepentimiento cómo destruyó su capital político, al punto de obligar al vicepresidente a desautorizarla votando en su contra.
Esperemos que valore el país que gobierna, esperemos que le comience a ir mejor, y que gracias a esta derrota pueda corregir sus actitudes para su propio bien y para la región que como nunca está llamada a dar el gran paso a nivel internacional.