Derrota y las peores pesadillas

MARTÍN RODRÍGUEZ YEBRA

LA NACIÓN / GDA

>Los Kirchner sufrieron en la madrugada de ayer en el Senado el traspié más contundente de su historia política, cuando el vi0cepresidente Julio Cobos se negó a salvarlos en el insólito desempate de la votación de la ley a la que ataron la suerte de su proyecto de poder.

Hace seis meses, el matrimonio presidencial se enorgullecía de contar con un aluvión de votos en el Senado; 48. Dos tercios. Manos libres hasta para avanzar en una reforma constitucional. Ayer, con el bloque hecho jirones, llegó a penar por conseguir el hipotético voto 37. No le alcanzó. La decisión de los Kirchner de convertir la sanción del aumento de las retenciones en una cuestión vital para su gobierno los dejó en una trampa. Ganar la votación era un carísimo premio consuelo. Perder, una "herida de muerte" para el gobierno. La sola opción de un empate acorraló al vicepresidente entre su rechazo al proyecto del Poder Ejecutivo y su "responsabilidad institucional". Parecía una cuestión de elegir un modelo de derrota.

Cobos les ofreció a sus ¿ya definitivamente? ex aliados la opción más cruda. ¿Cuánto tardará el kirchnerismo en acusarlo de golpista, pese a los intentos del vicepresidente por explicar que sólo buscó promover consensos?

Nunca un gobierno constitucional derrochó tanto poder en tan poco tiempo. Es cierto que Cristina Fernández arrastra los costos de una reelección edulcorada, pero ni en sus peores pesadillas podía imaginarse quedarse sin mayorías seguras en las dos cámaras, o encontrarse con que el peronismo que se empeñó en encolumnar Néstor, su esposo, se ve doblegado en la calle por las movilizaciones de sectores económicos, políticos y sociales que se le oponen. Y con que la concertación plural se esfumaría antes de existir.

En cuatro meses de conflicto, el matrimonio presidencial consumió demasiado crédito. El PJ oficialista lo sigue cada vez con más temores, buena parte de sus votantes le retiró el apoyo y le dieron bríos a una oposición escuálida. Ahora Cobos les plantea un desafío inquietante. El oficialismo deberá decidir si lo toma como una oportunidad para reabrir el diálogo o ve únicamente un intento de golpe institucional.

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