Gonzalo Aguirre Ramírez
El presidente del "Honorable" Directorio del Partido Nacional, Jorge Larrañaga, invocó su calidad de tal para exigir unidad a sus correligionarios. "Esta -dijo- debe ser una orden que todos debemos darnos y acatar. No podemos -añadió- pedir unidad al país si no la practicamos partidariamente".
Resultan enteramente compartibles sus palabras, además de oportunas, cuando estamos en los pródromos de la movilización de los distintos sectores partidarios con vistas a las elecciones internas de junio del año próximo. Si bien, a la luz de la lección de lo ocurrido tras la dura confrontación que caracterizó nuestras internas de 1999, los tiempos de desunión partidaria parecen haber quedado atrás, no está demás reiterar la consigna de la unidad, pues sin ésta muy difícil será volver al gobierno.
Si éste, como no puede ser de otra manera, es el objetivo prioritario y final de la acción del partido y de su convocatoria a la ciudadanía para que lo acompañe en las urnas, toda otra aspiración, sectorial o personal, por legítima que sea, debe subordinarse a dicho objetivo. En que es menester desplazar del gobierno al Frente Amplio, que lo ejerce reprobado por la mayoría de los compatriotas, coincidimos todos los blancos. Y también muchos ciudadanos que no lo son pero que, objetivamente, ven en el Partido Nacional la única columna cívica con posibilidades ciertas de concretar, por la vía del sufragio, ese anhelo compartido.
Naturalmente que la unidad en lo esencial no excluye la diversidad de perfiles y de enfoques que explican la conveniente existencia de distintos sectores, que va de la mano con la postulación de sus respectivos candidatos a encabezar nuestra colectividad en su marcha hacia los comicios nacionales. O sea, a ser su candidato único a la Presidencia de la República.
En ese terreno, el panorama ya está definido. Tres son los precandidatos. El propio doctor Larrañaga, el ex presidente Luis Alberto Lacalle y el Intendente de Durazno, Carmelo Vidalín. Seguros estamos de que ellos tienen claro que la ineludible contienda por la captación de la preferencia de los votantes no será una lucha a brazo partido. Ni, mucho menos, un enconado enfrentamiento de orden personal.
Su campaña será intensa, ciertamente, de afirmación de virtudes, perfiles y propuestas propias, pero signada por el respeto recíproco.
Así deberá ser, sin duda, porque, tras el último domingo de junio del año próximo, gane quien gane, el partido entero deberá cerrar filas y encolumnarse disciplinadamente tras su candidato único a la Presidencia de la República.
Esto deben tenerlo claro todos los dirigentes, muchos de los cuales, por supuesto, se postularán, luego de las internas, a cargos legislativos y departamentales. Sus aspiraciones son legítimas y hasta necesarias, pero deben encauzarse con respeto por quienes en ellos compitan por la captación del voto popular. Sólo así se podrá llegar unidos al gobierno. Tanto en lo nacional como en lo departamental.
No se trata sólo de ganar primero la interna y, luego, la elección nacional. Después hay que gobernar, lo que es muy difícil con un partido mal avenido. Bien lo ha demostrado el Frente Amplio.
Y a no olvidar, además, que nuestro adversario no es el Partido Colorado, con el cual seguramente sumaremos votos y esfuerzos en el balotaje, sino quienes hoy gobiernan. Respeto pues, también, por los candidatos colorados.