IGNACIO DE POSADAS
El índice inflacionario de junio volvió a pegar duro. Lo habían querido mantener debajo de la línea de flotación, como quien hunde en el agua una pelota, pero se les escapó. Estuvo mal el Índice: portarse así justo ahora, cuando larga la campaña electoral (y no tenemos otro candidato que el Ministro de Economía). ¿Qué hacer? ¡Guerra al Índice! Y a los malos que lo hacen subir: los especuladores, las grandes superficies, los extranjeros. Sólo que el problema no está ahí. Ni la fiebre es enfermedad, ni se la baja poniéndole hielo al termómetro.
Inflación no es altos Índices de Precios. Inflación es un fenómeno de la vida de las personas en el cual los precios aumentan, mayoritariamente en número (no sólo los morrones) y de manera sostenida.
Uno de los sentidos, prácticos y esenciales, del mercado (que no es un monstruo, sino la sumatoria de millones de decisiones) está en que permite reflejar en cada momento las resultantes de esos millones de decisiones y lo hace a través de los precios. Los precios son como un tablero electrónico lleno de luces de colores diferentes. Cuando se lo tapa, o se cambia a prepo el color de las luces, dejamos de saber cómo está la realidad. Eso quisieron hacer los países del llamado Socialismo Real y la consecuencia fue su colapso. Camino a eso va la Argentina.
La inflación es, como dijimos, un aumento sostenido de muchos precios. Algo muy malo, porque le pega fuerte a quienes tienen menos recursos para comprar más caro. Por lo que debe combatirse. La inflación, no el Índice. Y las cosas se combaten en sus causas, no en sus manifestaciones.
Los precios suben por una de dos causas (o, a veces, las dos): insuficiencia en la oferta y/o una demanda que le vuela la bata. Si toqueteamos algunos precios a prepo a lo sumo conseguiremos, en lo inmediato, truchar el índice, y luego, provocar cambios en la oferta.
La inflación que vivimos, ¿qué causas tiene? Según el gobierno, se explica por el alza en todo el mundo de las commodities y del petróleo. Como sucede tantas veces, una explicación parcial pero que opera como falacia atractiva. Si el fenómeno fuera sólo un aumento de ciertos precios, impuesto a nuestros consumidores, la realidad sería de una caída en el consumo de tales bienes. Pero no es eso lo que está pasando. Al contrario, hay una demanda muy fuerte que lleva a absorber con creces la oferta. Demanda que viene tanto del sector público de la economía como, aunque menos, del privado.
Más allá de eufemismos geométricos, como el tan manido "espacio fiscal", el sustancial crecimiento del gasto, a caballo del pico máximo de un ciclo expansivo, está llevando a que los precios suban (porque la productividad hace rato que pegó en el techo).
Entre la oferta y la demanda no hay "espacio" de clase alguna. Se tocan y al tocarse, una mueve a la otra. ¿Quieren un ejemplo fresco? El tan conversado 4,5% para los funcionarios públicos de la educación pública tendrá como uno de sus (pocos) efectos un aumento de los precios del rubro Educación en el Índice. Obvio: al aumentar los salarios públicos en la educación (¿o acaso creen que esa plata tiene otro destino?) provocará presión al alza de los salarios privados y por ende de las cuotas de colegios y universidades.
Pero no sólo el gasto público está presionando sobre los precios. En estos días, el gobierno ha vuelto a echar su peso sobre quienes deben (a la fuerza) negociar salarios, para que lo hagan de una manera que sea satisfactoria. Dicho en otros términos, quiere que los salarios privados, al igual que los precios, actúen de forma correcta. Políticamente correcta, se entiende. En el caso de los salarios, eso quiere decir que se firmen acuerdos largos, para no fastidiar al partido de gobierno en plena campaña electoral.
La dificultad está en que quienes deben decidir no están para casarse cuando todo indica que los precios vuelan. Los sindicatos no se tragan el discurso oficial, por más que los lleven a hacer turismo por ahí y los empresarios, ni van a seguir mucho tiempo los acuerdos forzados de precios, ni, aún menos, aceptarán arreglos salariales con gatillos embutidos.
El Cr. Astori quiere un imposible: no ser un toqueteador de precios y a la vez convertirse en candidato a Presidente. Lamentablemente, ha optado por lo segundo.
Pero, vivimos en una democracia y más allá de lo que haga un dirigente político, todos somos libres en decidir nuestro voto. Lo importante no es debatir si Astori está actuando bien o mal. El tema es si los votantes le creerán. La apuesta del gobierno y de su precandidato es a llegar a octubre del 2009. Implica pensar que la gente, o por lo menos buena parte de ella, es lo suficientemente ignorante, tonta o crédula, como para creer que la realidad cambiará si el Índice cambia.
La experiencia demuestra que cuando un gobierno trata de mantener a fórceps precios reprimidos junto con demanda manijeada, la mezcla se torna explosiva. Es más, suele ocurrir que lo que comienza como una trampa para cazar giles se transforma en una máquina que mata al inventor. Si no me creen, miren lo que le está pasando a la Sra. de Kirchner.