Aprovechemos

JUAN MARTíN POSADAS

Los cambios en una sociedad no se producen cuando la vida en esa sociedad tiene un ritmo y un rumbo previsible; lo que podríamos llamar "la vida promedio" no propicia ninguna transformación. Los cambios tienen lugar o bien cuando las cosas van muy mal o cuando van muy bien. Me refiero a las transformaciones creativas y que se originan desde el seno de la propia sociedad, no a las que pueden sobrevenir de afuera.

Cuando las cosas no dan para más, cuando todo se tranca y no hay horizonte, allí puede surgir la condición necesaria para cambiar. Se tocó fondo, se llegó al fin de la picada, ya no hay forma de seguir tirando de la piola; entonces el mismo rigor de la situación abre una puerta, fuerza el cambio, la sociedad se convence (o se resigna) de la necesidad de desinstalarse y salir a procurar algo nuevo o distinto.

En el otro extremo también se abre una circunstancia propicia para eso tan difícil que es el cambio en una sociedad. Es el caso del entusiasmo, la vitalidad y la energía social desatadas por una coyuntura favorable. En esos casos todo parece más fácil, para todo sobran recursos, ninguna meta parece quedar fuera de alcance.

Me da la impresión que nuestro país está enfrentado a las dos situaciones aunque en ámbitos o áreas diferentes. No pretendo jugar con las paradojas sino conducir la atención del sacrificado lector hacia dos situaciones reales, de carácter económico-social, que se están dando y que, en la medida en que las advirtamos y las discutamos, podremos sacar mejor provecho de ellas.

En lo que tiene que ver con la disponibilidad energética el país ha llegado a un punto de extrema necesidad, casi a un estado de coma. Las fuentes de generación propia que hay son las represas hidroeléctricas: ellas no dan abasto y no quedan otros cursos de agua útiles para ese fin. Las políticas de gobiernos anteriores (no es cierto que no haya habido política energética), se basaron en una premisa razonable pero que resultó falsa: comprar a los vecinos no es un disparate. Se hicieron tres gasoductos pero la Argentina no ha cumplido los contratos ni en precio ni en volumen (y no aprovecha sus recursos energéticos ni siquiera para sí misma). El petróleo que usan nuestras usinas térmicas está carísimo y sigue subiendo.

Todo esto forzará cambios, hará que nos dejemos de remilgos, habilitemos sin hipocresías ni respeto por los corporativismos la generación por privados y archivemos la estupidez ignorante que nos hizo vetar la generación nuclear. La urgencia hará posible emprender estos cambios.

En el otro extremo tenemos a la producción agropecuaria que viene a cien por hora. Nunca se ha pagado tan bien la carne, nunca el arroz ha tenido estos precios y lo mismo se diga del maíz, la soja y los lácteos. Las posibilidades de transformación del campo uruguayo son ciertas y sólidas, no son sueños. Hay base económica para un gran desarrollo en la genética (tanto animal como vegetal), en la lechería e industria láctea, en una cadena cárnica que apunte al plato y no al gancho como producto final, en biotecnología, en sanidad animal (incluyendo la fabricación de específicos), en el estudio de suelos, en semillerismo (tanto cerealero como de pasturas y forestal) y en mil cosas más. El campo así transformado no será más el campo de a caballo pero puede impulsar al resto del país en un camino de progreso, de crecimiento económico y también como base para una forma de vida distinta a la anterior pero no menos saludable y apetecible.

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