SEBASTIÁN AUYANET
Hoy separados y peleados de nuevo, los ex Joy Division dejan este Live in Glasgow como testimonio final de un trío de músicos que supo proyectarse y sobrevivir más allá de la tragedia y de su impronta musical original.
Es inevitable: a quien conoce la música que Bernard Sumner, Peter Hook y Stephen Morris hicieron en Joy Division antes de que su cantante Ian Curtis se suicidara le rechina un poco New Order. Y no importa que haga más de veinte años que vienen haciéndolo.
De aquel oscuro y rústico sonido depresivo que destilaba la banda quedó apenas algún vestigio en Movement, el disco que grabaron ya bajo el nuevo nombre al poco tiempo de la muerte de Curtis. En 1981, el núcleo formado por los músicos que acompañaban a ese hombre solo con todas las letras y sin demasiada gracia que era Curtis, tomó una decisión estética: divertirse sobre el escenario, con todo lo que eso significa. Así descubrieron el rock bailable en la escena de clubs neoyorquinos, y lo fusionaron con lo que ya traían de su Salford natal. Quedó más de lo primero que de lo segundo, y eso contribuyó a redefinir la música rock en los ochenta.
Desde aquella canción llamada Blue Monday del año 1983, el grupo se volvió el buque insignia del mítico sello Factory (el mismo con el que venían trabajando con Joy Division) y pasó de la crítica elogiosa al éxito mundial, al frente del movimiento New wave que habían comenzado durante los años con Curtis. Era el tiempo en que la fusión de rock con la música de moda en Ibiza se volvió el gran fenómeno emergente. The Hacienda, el boliche en el que se disparó la movida de "Madchester", recibía tanto ese tipo de música como el hipnótico "acid house" que también influyó muchísimo a los tres músicos. Luego de varios discos y un parate entre 1993 y 1998 volvieron a hacer música, y lo que puede verse en este DVD es lo que New Order fue hasta el año pasado: una máquina de hits que funcionan por sí solos. Con una voz dulce y vinculada a colegas de la movida (Neil Tennant de Pet Shop Boys, por mencionar uno) mezclaron bases marchosas con rock y empezaron a saltar los hits que aquí tocan en vivo. Temas como Bizarre love triangle, Temptation y The perfect kiss disparan a la audiencia en un prolijo sonido en 5.1 hacen despegar a cualquier living y volverlo una discoteca. Entre las cajas de ritmo también aparece la velocidad de Morris, un gran baterista, y también el gancho más poderoso con Joy Division que le quedó al grupo, ese legendario sonido del bajo de "Hookie", el único miembro de New Order que visitó alguna vez Montevideo y Punta del Este para pinchar discos.
Sin embargo, hay que decir que New Order se ve un poco más patético con el paso de los años. Cierto es que el aura "cool" y "moderna" no es algo que a todo el mundo le dure para toda la vida. En el caso de estos británicos, los torpes movimientos sobre el escenario a la hora de bailar les quita el necesario "glamour" que otras bandas dentro de su estilo, como Depeche Mode, sí logran proyectar cuando se suben a un escenario.
Sobre el final de ese concierto en Glasgow queda además otra pega: los tres últimos temas que cierran el concierto son clásicos de Joy Division. Transmission, Shadowplay y Love will tear us apart son temas hechos para que los cante Curtis, el hombre que ya no está. Y una relectura pasada por una voz tan acaramelada como la de Sumner en un concierto de gente eufórica, le quita la potente y opresiva carga sonora que esos temas tienen.
Por lo demás, este registro permite ver a un triángulo musical de artesanos de himnos de la música pop a los que no se les puede dejar de prestar atención. Disuelta hace menos de un año y a pesar de las arrugas, New Order sigue siendo una banda imprescindible.