Conservando lo nuestro

ALEJANDRO NOGUEIRA

Con los primeros vientillos electorales se escoran y comienzan a hundirse los tibios arrestos de reformas en el Estado que había logrado, trabajosamente, cristalizar el gobierno.

La Rendición de Cuentas preelectoral de la administración quedó expurgada en la bancada oficialista de varios temas que, separadamente pueden no ser de la mayor relevancia, pero que denotan la falta de voluntad reformista real y de una decisión de enfrentar, aún con costo político, los intereses retardatarios que anidan en la burocracia estatal y, especialmente, en sus sindicatos.

Quedó por el camino la posibilidad de que el Correo se asocie con privados, quedó por el camino que los paupérrimos aeropuertos del interior puedan tener un aire de modernidad y seguridad de la mano de particulares. El sulfuroso olor de las privatizaciones despertó las conciencias adormiladas por el poder pero que no han perdido su capacidad de respuesta principista.

La promocionada descentralización de Enrique Rubio ni siquiera ingresó en la norma presupuestal y está postergada a un tratamiento legislativo absolutamente incierto porque ni siquiera tiene consensos en filas del Frente Amplio. Mejor ni mencionar la ley de educación y otras reformas anunciadas, pactadas en el ámbito de la administración, y que se desmadejan en el terreno político.

El paciente trámite para intentar rescatar y reconvertir a un empleado público inútil antes de proceder a su destitución, quedó taponeado con una postrer intervención del Parlamento para poder materializarse, agregando así un nuevo remache a la inmortal inamovilidad jurídica y práctica de los estatales inservibles y onerosos que empañan la labor de los servidores público eficaces.

Hasta la equiparación de los sueldos de los ministros a los legisladores desde 2010 quedó sepultada por la demagogia; no tanta como para equiparar los sueldos de los legisladores con los de los ministros, lo que, al menos, hubiera sido coherente con el afán de igualar para abajo de este gobierno.

Y, al parecer, ni siquiera habrá seguro automotor obligatorio para aplacar a los motonetistas del interior que tienen en una mano su credencial cívica y seguramente no tienen en la otra la libreta de conducir.

Resulta evidente que el escaso tiempo político disponible para los cambios de un gobierno que, paradojalmente, tiene desde el comienzo las mayorías parlamentarias para casi todo, se extingue, y la historia sólo recordará, con nitidez, la reforma tributaria (denostada en las propias filas oficialistas), la de la salud (que tanto tiene aún que demostrar) y los planes sociales, donde el Frente atesora gran parte de su caudal electoral para compensar el que ha malquistado en las clases medias.

La esperada reforma del Estado, el premio a los buenos y el castigo a los malos, la obligación de cumplir metas de gestión, la liberación de recursos facilitada por la asociación con privados, todo eso que se prometió y que han prometido en el pasado otras plataformas electorales, esperará otra elección o, más bien, otra generación.

Y seguirán sonando por varios días más los tambores de los distintos grupos de públicos que buscan exprimirle unas gotas más al dinero de los impuestos antes de que todos ingresemos de lleno en la campaña electoral 2009.

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