MARCELLO FIGUEREDO
Vamos a aliviarnos el domingo con un asunto menor. Al fin y al cabo estamos en plenas vacaciones de julio, y si hoy ustedes y yo nos encontramos en esta página es porque nadie ha tenido la gentileza de llevarnos a Disney. No se me ocurre mejor consuelo, dadas las circunstancias, que entretenernos un rato con un parque de diversiones más barato y a mano: Buenos Aires y su farándula, que el miércoles tuvo su noche de gloria en la Rural. ¿Lo vieron o se durmieron? Aquí van mis impresiones.
Me encanta Carla Peterson, y opino que la rubia se merecía el Martín Fierro ya desde el año pasado, por su papel en Sos mi vida, donde derrochaba histrionismo encarnando a aquella engolada Constanza que llegó a opacar a los protagonistas de la tira.
Esta actriz, a la que pronto veremos en el cine junto a nuestro admirado Taco Larreta, se ha preparado muy en serio para llegar donde llegó. Lo cuenta detalladamente en una entrevista que Paula publica el próximo viernes. No se la pierdan.
Me cae muy bien Magdalena Ruiz Guiñazú. Amén de ese aire de Barrio Norte comprometido que la hace tan particular, envidio a la gente que a pesar de madrugar cada día puede decir cosas tan lúcidas llegada la noche.
Sus palabras sobre la importancia del periodismo y la libertad de expresión fueron el discurso más redondo de la velada, y cruzaron el charco sin que un solo concepto se perdiera en el camino.
Me sigue impresionando que un prodigio octogenario como Mirtha Legrand tenga ánimo para cambiarse de ropa tantas veces.
Alguno de los mirthólogos que han florecido en la televisión argentina debería sacar la cuenta de las prendas que ha estrenado esa señora en su vida: seguro que entra otra vez al Guinness.
Fuera de estas tres damas que, cada una a su modo, se robaron la noche, la ceremonia transcurrió sin demasiadas sorpresas: la picante dedicatoria de Jorge Lanata, el emotivo recuerdo de los que pasaron a mejor vida, el certamen de elegancia conducido por una Dolores Barreiro que parecía Carmen Miranda, y paren de contar.
Porque en materia de faranduleces, lo más divertido de estos días, qué quieren que les diga, no ha sido la entrega de los Martín Fierro. Ha sido el papelón en que se metieron algunos especímenes de nuestro opaco star system en su desesperado intento de codearse con la farándula porteña, que ahora dedica espacios varios a reírse de nosotros.
Los cruzados de esa curiosa causa nacional que consiste en imitar lo peor de los argentinos (nunca lo mejor) componen una fauna terrorífica: chismosos de primera, vedettes de segunda, travestis de tercera y periodistas de cuarta que, por todos los medios, pretenden parecerse a los de allá.
Deslumbrados por espejitos de colores, traicionaron una vieja tradición de la aldea según la cual el prestigio público es inversamente proporcional a los escándalos privados.
Le vendieron el alma al diablo por quince minutos de fama, cuatro pesos de sueldo y dos puntos de rating. Pero lo único que han conseguido con su triste remedo de las costumbres ajenas es que los vecinos nos pierdan el respeto y se burlen de nosotros. No saben cuánto me alegra.