JUAN MARTÍN POSADAS
Desde Uruguay miramos azorados el grado de aplicación con que los argentinos se autodestrozan. Los Kirchner y sus secuaces han planteado el conflicto con el campo como un enfrentamiento entre la sensibilidad social y la insensibilidad, entre el patriotismo y el golpismo desestabilizador.
El planteo dicotómico ha sido una constante en la historia política argentina y allí reside una de las razones por las cuales su funcionamiento institucional es más primitivo que el nuestro. Como expuse en otros escritos ("Que la Noche no Tenga Razón", Ed. Fin de Siglo, Cap. 1): "La vida política argentina no ha sido construida sobre un diálogo entre las diversas fuerzas sino en base a monólogos sucesivos" (pág.9).
Hilda Sábato lo confirma (La Nación 22/06/08): "Esta manera dicotómica de interpretar la política en términos de un polo que representaría el pueblo (la patria, la nación, la causa) enfrentado a otro que encarnaría al enemigo (la antipatria, la sinarquía, el régimen) fue característico de la vida política argentina de buena parte del siglo XX".
Esta concepción bipolar conduce a operar según una lógica de victoria o derrota. Esa lógica es la antítesis de la política y de su modo de encarar los conflictos en el seno de una sociedad. La política es la habilidad para tejer acuerdos y para navegar en medio de los conflictos que aparecen en toda sociedad libre y a través de los cuales -bien manejados- se construye el progreso. La forma bipolar de concebir la sociedad y la política se nutre de la división, la apoya y la fomenta como sustento y bandera.
Ese es el encare que tienen Hugo Chávez o Evo Morales. Para el primero sólo son nación los venezolanos que están con él. Para Evo Morales él es Bolivia y quienes tienen un visión distinta son la anti Bolivia. El que ganó lo es todo; la oposición nada, en el mejor de los casos un estorbo. Los Kirchner funcionan según esa lógica. Esta concepción divide a los pueblos, destroza a los países y no deja otras salidas sino la violencia o la desobediencia.
En nuestro país podía haber ocurrido algo parecido, habida cuenta de dos factores: el triunfa electoral del Frente con mayorías absolutas y los vestigios de ideología marxista que quedan en esa fuerza política. Las mayorías, cuando son contundentes y no tienen necesidad de acordar con nadie, suelen subirse a la cabeza.
Por el otro lado, la ideología marxista es dicotómica: de su lado está la justicia y lo popular y del otro el despotismo oligárquico y la rapacidad burguesa. Si a eso le sumamos la vieja pretensión de las izquierdas de ser titulares exclusivos de la honradez y de no meter nunca la mano en la lata (con perdón de Bengoa, Nin, Nicolini and company) se podía haber llegado a una situación como la de Argentina.
Pero no se llegó; la vida política uruguaya es considerablemente más sana que la argentina. Existen personajes menores en filas del Frente que mantienen convicciones dicotómicas y antipolíticas, pero tienen poco peso: sólo alcanzan a perpetrar pequeñas venganzas.
En nuestro país, a pesar del desprestigio en que, por momentos, cayó la actividad política y sus actores, hay una continuidad de prácticas y valores asociados con la democracia, el pluralismo, el reconocimiento de la legitimidad de la diversidad y la aceptación del conflicto como parte de la vida democrática.
Sigamos con atención los sucesos de Argentina; viendo lo que allí pasa aprenderemos a descalificar acá a los que hacen política en base a la división.