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35 años

LEONARDO GUZMÁN

El 27 de junio de 1973, Juan María Bordaberry disolvió las Cámaras.

Ungido sin calor propio, a la sombra del reeleccionismo pachequista, venía apalabrándose con los militares golpistas.

Aquello fue un perjurio constitucional que se veía venir.

Invadido el Palacio Legislativo, ido Wilson, esa noche el Presidente prometió respetar derechos y llamar a elecciones en la fecha debida. El golpe no sólo nació de un perjurio constitucional. Además, fue seguido de una mentira: Bordaberry no sólo no llamó a comicios: hizo doctrina de "elecciones nunca más" y "partidos nunca más".

Semejante tesis - que en editorial de El Día califiqué entonces como "demencial", lo que hoy mantengo - le valió ser destituido por los mandos militares en junio de 1976. Bordaberry sostenía que antes de llamar a elecciones, prefería dejar el gobierno.

Paradoja la suya: amaba más la dictadura que el poder personal. Para entender su planteo, hacía falta repasar cómo en la Edad Media el cerebro quedaba prisionero de conceptos hasta sombrearse de fanatismo.

Si consideramos que ni es legal ni hay bien público en que hoy esté preso, es por congruencia con lo que sostuvimos al enfrentar sus designios. Fijado un principio, lo queremos "para nosotros y para nuestros adversarios, para nuestros hijos y para los hijos de nuestros adversarios": el apotegma vale regla de Derecho, más allá del signo político de quien lo acuñó, Batlle y Ordóñez. El penoso destino actual del señor Bordaberry no debe borrar de la memoria qué ideas inspiraron su trágica determinación, porque colocar fines por encima de la Constitución ¡vaya si tienta, sin distinción de pelajes!

Treinta y cinco años después, no hay guerrilla emboscada ni policía secreta. Aleluia. Y sin embargo, no hemos aprendido bastante.

Otrora creímos que jamás habría tiranía en el Uruguay. Pagamos la soberbia con el mayor liberticidio de nuestra historia.

A la salida, dejamos de extraer todas las lecciones recibidas en carne, sangre, cárcel, destierro, fractura del país y del destino de miles y miles. La libertad fue garantida ejemplarmente en los gobiernos de Sanguinetti, Lacalle y Batlle, pero no se cimentó en el cultivo ciudadano de la reciedumbre personal ni de las bases filosóficas de las instituciones.

De allí que hoy haya quienes proclaman la guerra de clases o buscan generar poderes corporativos reñidos con la libertad individual.

De allí que haya quienes buscan el sosiego en los detalles de los crímenes perpetrados más de un cuarto de siglo atrás, olvidando que la libertad en paz es pacto hacia adelante para respetarnos, por saber qué horrores apareja su pérdida; y que, por tanto, ni su concepto ni su mandato dependen de tal o cual investigación.

De allí que el Presidente, pueda violar la veda institucional y señale preferidos sucesorio-electorales y "no pasa nada". De ahí que se tolere que, enterado de una corruptela, un senador le cuchichee al Presidente el teléfono del datero, ignorando a la Justicia y al propio Senado que integra.

La catástrofe debió reconstruirnos el sentimiento de norma. En vez, chapoteamos en la displicencia y la anomia.

Las consecuencias enferman nuestro modo de discurrir, de trabajar y hasta de soñar.

Y sin embargo, ¡qué país podríamos ser si resolviéramos antinomias y disonancias en las codas triunfales de un pensar abierto y comprensivo!

Ese país nos lo debemos. Y a él tenemos que consagrarle nuestra militancia cívica mayor.

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Leonardo Guzmán

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