Ricardo Reilly Salaverri
Hay antecedente más lejanos. Tomando como referencia arbitraria la acumulación de capitales y el ensanchamiento del mundo operado durante la Edad Media en Europa, a lo que se sumaron las nuevas tecnologías aplicadas a la manufactura -especialmente a partir del descubrimiento de la máquina a vapor de Watt- de la mano de los ingleses, los países de punta europeos y los incipientes Estados Unidos de América, ingresaron en un proceso histórico, al que Arnold Toynbee denominó acertadamente "revolución industrial".
La industria se sumó a la minería, la ganadería, la agricultura y las artesanías. El desarrollo de un país se asimiló entonces, a su grado de industrialización. Lo que dio lugar a que por más de 200 años, emergiesen renovados conflictos de clases, las organizaciones sindicales levantadas sobre los despojos de las viejas corporaciones de comerciantes y artesanos y una realidad nueva para la vida de Occidente.
Actualmente hay revoluciones nuevas. Estamos en la era pos-industrial y de servicios, en la de la globalización y la información.
Solucionar las relaciones entre empleadores y trabajadores no ha sido fácil. Han habido propuestas totalitarias e ideológicamente dogmáticas (el fascismo, el nazismo y el comunismo, propusieron lo suyo, asentado en el testimonio de brutales, sangrientos y rotundos estropicios). En otra onda, hoy, en América Latina, continente a la deriva, aparecen folclóricos populismos sin rumbo, partidarios de las limosnas sociales, orientados a consolidar liderazgos personalistas tan histriónicos y pintorescos como decadentes. En los figurines planetarios, modelos respecto de las relaciones laborales hay muchos y variopintos.
En los Estados Unidos de América -primera potencia mundial- las regulaciones laborales a nivel federal prácticamente son inexistentes y solo algo parecido al 10% de la fuerza de trabajo está sindicalizada en las más grandes empresas de la industria y los servicios. En China, que a pasos agigantados exitosamente, se proyecta a la "malla oro" universal, se ha mezclado la tiranía más feroz con las inversiones extranjeras y el capitalismo cuasi salvaje. Practicar en el comunismo asiático el sindicalismo libre, puede derivar en un fusilamiento.
Un paradigma de fracaso en todos los órdenes, con publicitados sucesos en algunas áreas sociales a los que nadie cree -hablamos de gente inteligente y seria- la isla de los hermanos Castro, no reconoce a sus súbditos la libertad de entrar, o de salir libremente de la cárcel insular ¿Derechos sindicales? Obvio. No existen. De África, ni hablemos y América Latina, con excepciones mínimas es un bazar turco.
Los países de influencia anglosajona, en cambio han seguido con uniformidad un patrón basado en la experiencia, el sentido común y un derecho de raíces distintas al latino.
A su vez es en Alemania y los países escandinavos -especialmente- ha proliferado la fuerte membresía gremial y la negociación colectiva institucionalizada, como principio entre empleadores y trabajadores.
El liberalismo humanista, la social democracia y el social cristianismo han hecho allí lo suyo para esta paz social. La que no posible, cuando la agitación sindical en vez del diálogo prefiere al clasismo y declama consignas marxistas caídas con el célebre Muro.
Los conceptos precedentes son una introducción a un próximo análisis de la situación laboral actual de nuestro país.