Aunque el Frente Amplio es una colcha de retazos y no un partido político, a diferencia de lo que ocurre con las otras colectividades políticas nacionales, tiene la apariencia de serlo. En términos latinos, es un "more uxorio" (parece que lo es), pero no. Con tres cambios de nombre en poco más de treinta años de vida, el acceso al gobierno demostró que no tiene coincidencia de pensamientos; que cada grupo sigue haciendo lo que quiere y que ni aún las más variadas presiones -recuérdese lo que ocurrió con motivo de la elección de Presidente de la colectividad- ha logrado imponer coherencia dentro del conglomerado. Tampoco tienen unidad de acción y la Operación Unitas en su momento; el envío de tropas a Haití, después y un Tratado con Estados Unidos, más tarde, se convirtieron en ejemplo de lo que NO puede ser un partido político.
Producto de mandatos imperativos ocasionales, donde no va a funcionar ese mecanismo es en la aceptación de un candidato único ni mucho menos de una fórmula sellada para las próximas elecciones. Ni tampoco que el actual Ministro Astori sea el más recomendable para la Presidencia de la República, ni como nombre ni como compañero de fórmula, por la sencilla razón que si bien es formalmente integrante del Frente Amplio, no es ideológicamente un frenteamplista.
Por ello es muy difícil que se concrete dentro de su propia colcha una candidatura que se insiste en impulsar; que algunos augures dan como segura; que tardíos procuradores oficiosos han lanzado mientras otros ya adelantaron que no están de acuerdo con ella, siendo partidarios de "polos alternativos" y que él mismo se encarga de regar con visitas zonales en Montevideo. Pese a que en numerosas oportunidades haya dicho que hasta agosto o septiembre no era tiempo de hablar de candidaturas y que su acción estaría dirigida a ocuparse de los requerimientos de su cartera y no de cuestiones electorales.
Ese divorcio personal con su propio entorno ha sido puesto de manifiesto en numerosas oportunidades por el propio Ministro y por sus compañeros accidentales de ruta, sufriendo en carne propia censuras y estigmas de la más diversa especie.
Cuando, durante el Gobierno anterior, se discutió la ley de fortalecimiento financiero, el hoy Presidente le lanzó una amenaza haciéndole saber que "había que acatar y callarse la boca, o si no que se fueran de la fuerza política", a lo que debe agregarse el aún recordado caso de un joven de Paysandú a quien exhortó a "pensar por sí mismo" "utilizando su cabeza" y no seguir las directivas que le imponía el Frente Amplio, en un tema con el cual discrepaba.
Más el enfrentamiento con el ex Canciller por un TLC con Estados Unidos. Muchos frenteamplistas no se ven pues, representados por él en ese conglomerado ideal, ni él representa tampoco a muchos frenteamplistas, razón que no incide de la misma manera en otros partidos que son tradicionales, que tienen una estructura democrática y una composición orgánica de la que este carece.
Además, Astori no puede ser el mascarón de proa de un barco del cual se van a ir desprendiendo, y sobre todo en tiempos electorales, los jirones de un impuesto a la renta sobre las jubilaciones que descargó con reiteración y alevosía en los hombros de las clases pasivas; de una contribución inmobiliaria cuyo aumento defendió en Comisiones Parlamentarias y que hoy está provocando una segunda andanada de acciones de inconstitucionalidad.
Y de un Seguro Nacional de Salud al que también prestó su conformidad, generando una serie de reclamos por parte de sectores que resultaron perjudicados, ocupando un lugar preferente los restos del caso Bengoa, con sus solidaridades reiteradas, en un tema que se va a definir en plenas elecciones...
Nada permite presumir, pues, que él sea un candidato que estimule o permita un triunfo, tanto desde el punto de vista interno como externo, ya que no representa ni es aceptado por los distintos sectores que conforman el conglomerado ni puede exhibir, ante el votante independiente, méritos que justifiquen dejar en sus manos la conducción de la cosa pública.
Insistir en el manejo de su nombre, es dirigir al patíbulo una fórmula que resta, más que suma, y de la cual felizmente, en caso de concretarse, los responsables podrían llegar a arrepentirse.