Boomerang

La justicia tarda, pero llega. Hace un par de años, el presidente argentino se ocupó de reunir en el sambódromo de Gualeguaychú a gobernadores e intendentes en lo que fue un acto de masas casi eufórico, para otorgar peso político a la protesta ambientalista contra el establecimiento de una planta de pasta de celulosa en Fray Bentos. En aquel momento, las autoridades argentinas apoyaban con entusiasmo el carácter de esa agitación colectiva. Su culminación ha sido durante años el corte de una ruta binacional que desde el punto de vista jurídico no resistía el menor análisis, convirtiendo ese atropello del Derecho Internacional en una causa patriótica y permitiendo que el diferendo entre ambos países rioplatenses levantara vuelo. Así se impulsó a cierta altura el más inamistoso de los recursos -una apelación a la Corte de La Haya- patrocinada por esas mismas autoridades mediante un revuelo nacionalista que estaba más vinculado con el estallido de las emociones populares que con la razón, el sentido común, la serenidad negociadora o la justificación ecológica. A todo lo cual convendría agregar el dispar comportamiento que tales autoridades exhibían cuando se trataba de otros cortes viales en el interior de su país, que eran disueltos sin miramientos por la fuerza pública y sin consideración alguna por los motivos que los habían provocado.

Dos años después, la realidad argentina enfrenta a las autoridades de ese país con un vuelco inesperado. El conflicto entre el gobierno central y los productores rurales se mantiene desde comienzos de marzo, ha determinado la presencia de esos gremios del campo en las rutas nacionales como medida de protesta y ha derivado en múltiples cortes de las vías de comunicación, extremo duramente cuestionado por las mismas autoridades que auspiciaron o toleraron en su momento el bloqueo del puente General San Martín (y otros) sobre el río Uruguay. Lo que surge de ello es ahora una paradoja, porque quienes alentaban a los ambientalistas de Gualeguaychú a interrumpir el tránsito sobre los cruces internacionales, son ahora quienes denuncian violentamente a otros grupos que promueven similares interrupciones de la circulación, lo cual demuestra que ignoran uno de los efectos más irónicos de la política que apadrinaron: el tiro que finalmente sale por la culata, castigando a quienes lo dispararon. De paso, la situación ha promovido en la Argentina manifestaciones callejeras de oposición a la política del gobierno, ha extendido el malestar de la gente, ha motivado todo tipo de cuestionamientos a la intransigencia oficial y ha producido un marcado descenso en los índices de apoyo que reciben esas autoridades, hasta hace poco muy ufanas de sus holgados márgenes de aprobación.

El pintoresco proceso que ha terminado golpeando a quienes lo habían auspiciado, revela dos cosas. Por un lado, el engañoso contenido que pueden mostrar las declaraciones oficiales, que por parte argentina proclamaron más de una vez la fraternidad histórica de los pueblos rioplatenses -expresando una oposición sólo verbal a los cortes de rutas- mientras quienes formulaban ese discurso autorizaban en los hechos el desborde de los grupos desencadenantes de la crisis entre ambos países. Y por otro lado, el episodio demuestra ahora que las actitudes proselitistas y los estímulos populistas con que se pretendió respaldar un movimiento colectivo, buscando su rédito político, son emprendimientos de viabilidad muy limitada, ya que pueden estrellarse contra el efecto boomerang -es decir, el itinerario circular que puede describir un arma arrojadiza- como está sucediendo en el caso argentino ante el imprevisto espejo que el conflicto con el campo ha puesto delante de sus ojos.

Allí unos cuantos funcionarios encumbrados han encontrado la horma del zapato, facilitada por gremios del agro que se niegan a soportar retenciones a veces confiscatorias y casi siempre abusivas, lo que los ha llevado a efectuar cientos de cortes de caminos en buena parte de la geografía argentina. Contemplando el fenómeno desde la vereda opuesta del río, los uruguayos habrán podido observar con mirada filosófica y una leve sonrisa (que no es sólo confirmatoria, sino además justiciera) la vuelta de tuerca que las circunstancias han impuesto a la conducta oficial del país que tienen enfrente. Esa conducta empezó ejercitando una generosa liberalidad y un clamoroso gesto solidario ante los piquetes entrerrianos, pero ha terminado ahora satanizándolos cuando la movilización giró 180 grados.

No hace falta más que sentarse en el umbral para ver pasar a esos políticos de ida y después de vuelta.

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