Antonio Mercader
En una declaración para la antología del absurdo, la cámara de Diputados reprobó los "actos de terrorismo" de la ETA, pero rehuyó llamar terrorista a ese grupo armado del país vasco. Así, de acuerdo a lo propuesto por parlamentarios del Frente Amplio, se aprobó una declaración según la cual esa banda de tirabombas puede cometer "actos de terrorismo" sin ser terrorista.
Para descifrar esta incoherencia es preciso recordar la década y media de distorsiones perpetradas por la izquierda uruguaya en torno a la ETA, una saga que arranca con el triste episodio del hospital Filtro en 1994.
Entonces, con su plana mayor a la cabeza (incluidos Tabaré Vázquez y Danilo Astori), el Frente Amplio se solidarizó con tres etarras cuya extradición pedían desde España. Una solidaridad que degeneró en algarada en el Filtro con represión policial y el saldo de un manifestante muerto y varios heridos. A partir de allí, cada 24 de agosto aquella tragedia se conmemora en Montevideo con un mitin que suele rematarse con loas a la ETA, lo que convierte a Uruguay en el único país del mundo en donde se celebran actos públicos a favor de esa banda terrorista.
Con el tiempo, al cobrar conciencia de su error y a la vista de los crímenes etarras, la mayoría de la izquierda fue desertando de su postura solidaria aunque la contradictoria declaración de Diputados muestra que no todos fueron ganados por la razón, como sucede, por ejemplo con dos legisladores, Esteban Pérez y Víctor Semproni, quienes se retiraron de sala por discrepar con la condena a la ETA.
Ambos discrepantes integraron el MLN Tupamaros, un movimiento que hasta hace poco tuvo vínculos directos con los terroristas vascos. El primero en denunciar el nexo entre los dos grupos fue el fiscal español Baltasar Garzón, quien indagó en los años noventa las tareas de una sociedad comercial con un barco pesquero regenteada por tupamaros y etarras.
Si bien su denuncia fue ignorada, testimonios posteriores ratificaron esas relaciones, entre ellos dos libros, uno del politólogo Adolfo Garcé ("Donde hubo fuego") y otro con la biografía de Jorge Zabalza ("Un cero a la izquierda").
Los textos confirman que la asonada del Filtro fue un planeado ensayo de retorno a la lucha armada con el apoyo de ETA. Se dice además que, con su intento de impedir la extradición de los requeridos, los tupamaros buscaban retribuir atenciones de los etarras.
Lo grave es que aquello sucedió después de 1984, con los antiguos militantes del MLN plegados, al menos en apariencia, al sistema político democrático.
Bajo esta perspectiva, es evidente que la conmixtión entre tupamaros y etarras gravitó en la ilógica actitud de la cámara de Diputados en donde la mayoría frenteamplista evitó llamar a las cosas por su nombre y en donde algunos volvieron a enredar la causa vasca en pos de más autonomía con la justificación de la violencia terrorista. A estas alturas del partido es inaudito que aún haya entre nosotros quienes crean que la ETA, con su cosecha superior a los 800 asesinatos y el repudio masivo de los propios vascos, le aporta beneficios a esa causa.
Tan inaudito como los dichos del diputado Semproni cuando antes de salir de sala afirmó tan pancho ante sus pares que los tupamaros nunca practicaron actos terroristas olvidando, entre otros, la bomba en el Bowling de Carrasco que mató a una cuidadora y la ejecución del peón rural Pascasio Báez.
Sin duda, son de terror.