VÍCTOR H. MORALES
De a poco River construyó su alegría, esa fiesta que cerró el domingo envuelto en el humo de las bengalas y las banderas al viento. La mano que le dio Fluminense el miércoles ayudó como los goles de Buonanotte, el niño goleador. La ausencia de gol de Estudiantes, fue tan importante como los pases de Ortega. Boca se quedó sin nada y River se sirvió de lo que quedaba, en la modesta mesa del campeonato. En un mes pasaron a la historia el maíz que arrojaban los hinchas a sus jugadores, la frustración por la derrota absurda ante San Lorenzo, los silbidos a Ahumada y Carrizo y la sensación de una institución desquiciada por la violencia. Los goles del pequeño titán de Teodelina, el espíritu ofensivo de siempre, la solidez que alcanzó en la defensa convirtieron a River en un campeón, si modesto, justo. Aquella carne de diván en la que los millonarios se habían convertido, devino en un campeón que para serlo supo confrontar con sus traumas y fue capaz de hacer la diferencia en los momentos decisivos.