Hacia el balotaje

Parece a todas luces evidente, a esta altura, que las elecciones del año próximo se definirán en un balotaje entre el Partido Nacional y el Frente Amplio. Y que este último ya no aparece como claro favorito, para ganar la segunda vuelta y retener el gobierno por otros cinco años. Esta apreciación no nace de un optimismo infundado, de nuestra parte. Es más, creemos que lo que está ocurriendo, en el plano de las perspectivas electorales, era previsible. Por varias razones. En primer lugar, la historia de los comicios nacionales, desde 1958 a la fecha, muestra que el partido de gobierno siempre perdió votos, casi siempre muchos, en la siguiente elección. Y pocas veces conservó el poder. Solo en 1962, en 1971 -en circunstancias anómalas y con la engañifa de la reelección del señor Pacheco- y en 1999, pero balotaje mediante. En la primera vuelta había perdido claramente.

Había quienes creían, y no eran pocos, que esa regla no se iba a cumplir con el Frente Amplio, por ser un fenómeno sociólogo y cultural, además de político. Que iba a ser inmune al desgaste inevitable que supone el ejercicio del gobierno. Sobre todo los politólogos y los "encuestólogos", que auguraban que había Frente para rato y que ya están de vuelta de esa creencia.

Por otra parte, era de prever que no iban a gobernar bien. Por su inexperiencia en el arte del gobierno, por ser un conglomerado de gente y de dirigentes que piensan distinto -y, a veces, hasta antagónicamente- sobre casi todos los temas importantes y por haber sido, no pocos de ellos, gente insensata toda su vida. ¿Por qué había que suponer que, llegados al gobierno y ya veteranos, se iban a transformar en gente sensata y criteriosa? Gargano y Mujica, ¿iban a dejar de pensar y de actuar como siempre pensaron y actuaron? Por supuesto que no. A la vista está.

El desgaste que han sufrido ante la opinión pública ha sido pues, obra de su inoperancia en ciertas áreas, por ejemplo en la cuestión de la gravísima crisis energética, crucial para el país, sumada a gruesos errores en otras áreas. Verbigracia, en la política exterior, que Gonzalo Fernández está tratando de enderezar.

Pero, sobre todo, el disgusto creciente de muchísima gente con el gobierno se origina en razón de la inseguridad pública, casi aterradora, y de la voracidad fiscal. El primer problema es crónico, pero se ha agravado por obra y gracia de los prejuicios ideológicos del ex ministro Díaz, que veía en los delincuentes a las víctimas de la sociedad capitalista, así como de la ineficacia de su sucesora, la señora Tourné, que mientras la delincuencia crece, - o por los menos no decrece -, se dedica al autobombo e irrita a la población diciendo "que me quiten lo bailado".

La presión impositiva, con un IVA del 22%, contribución inmobiliaria doble -gracias al impuesto de enseñanza primaria-, la patente de rodados y otras yerbas, como los aportes al B.P.S., ya era grande. Reconozcámoslo. Pero con el IRPF, el Fonasa, que es otra exacción legal, y aumentos siderales, para no pocos contribuyentes, en la contribución montevideana, para cientos de miles de activos y pasivos, llegó a límites intolerables.

No hay nada que moleste más a la gente, aquí y en todos los países, que el gobierno le meta la mano en el bolsillo. O en su cuenta bancaria, sea o no abultada. Sobre todo, cuando además lo hace llevándose por delante la Constitución, como ocurrió en el caso del IRPF a los jubilados. Que ahora, tras de cuernos palos, se sustituye por el IASS, de modo de seguirles cobrando a quienes, por haber obtenido sentencias favorables de la Suprema Corte, hubo que no descontarles más, de sus haberes, el odioso impuesto.

Han cometido muchos otros errores, por supuesto. En la reciente ley de Ordenamiento Territorial, que arrasa con principios milenarios del Derecho Civil, a lo que seguirá, parece, una nueva Ley de Educación, cuyo proyecto responde a concepciones corporativas y traerá más males a nuestra enseñanza pública, que hace agua por todos lados.

Faltan 17 meses para las elecciones. Tiempo más que suficiente para que el gobierno "progresista" siga metiendo la pata, sin mentar lo de la mano en la lata, materia en la que hace rato perdieron su supuesto invicto. Pero la batalla, en la que se jugará el destino del país por no pocos años, no está ganada ni mucho menos. La oposición, que va despertando de su letargo, debe activar su rol y no cometer errores. Que lo tenga presente y esté a la altura de sus responsabilidades.

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