VÍCTOR H. MORALES
Es un pibe rubio de Villa Elisa, un pueblito de la provincia de Entre Ríos. Se apellida Noir, se pronuncia "Noar" porque es francesito en su ADN, y cuentan que todo el pueblo, aún los de River, salió a la calle a celebrar ese gol que le dio a Boca el reaseguro de seguir peleando el campeonato, ahora que la Copa se le ha complicado.
Ricardo Noir se convirtió en el héroe de una tarde más en la que la fortuna se ensañó con Racing, y el árbitro también. Ganaba la academia y podía aumentar, pero otra vez le metieron la mano en el bolsillo y al cabo de una pelota que alguien arrastró con el brazo por el área chica, Paletta logró el empate. Lo que vino después es parte de un libreto de Hollywood. Muchacho humilde que trabajaba en unos arrozales, que hace el bolsito y se va a la capital con sueños inmensos y unas tortas fritas preparadas por la señora Berta, su mamá. Entra a la cancha desde el banco de los suplentes y de movida hace expulsar un rival. Después entrando por la izquierda mete un derechazo cruzado que roza el palo y se va. "Qué lástima", dijeron los relatores: "era el gol de su vida". Pero la vida y Racing dan revancha.
Un minuto después entra desde la misma posición y, ahora de zurda, cruza el remate bajo que arrancó lágrimas en sus ojos y caravanas en el pueblo. Goleador y rubio, con una buena historia para contar, con marketing asegurado, rescató del olvido un partido que no entraba ni en las estadísticas, de tan malo e insípido. Después lo de siempre: Boca sacó pecho y alguien preguntó el precio del pibe.