Sobrevivir a la pena de muerte

| Inocentes. Tres hombres que fueron condenados a la pena capital viven para contarlo y hoy son activistas | El sistema judicial puede fallar tanto en Uganda como en Estados Unidos | En Estados Unidos, unos 127 condenados a muerte pudieron probar su inocencia desde 1976 | Pese a recobrar su libertad, los ex presidiarios quedan estigmatizados de por vida

Ejercicio. Un "privilegio" poco frecuente para los condenados en la prisión de San Quentin, al norte de San Francisco. 500x500
Ejercicio. Un "privilegio" poco frecuente para los condenados en la prisión de San Quentin, al norte de San Francisco.
El País

QUINO PETIT, EL PAÍS DE MADRID

El estadounidense que jamás asesinó a una camarera. El japonés que nunca liquidó a un matrimonio. El ugandés que no mató a un hombre que en realidad estaba vivo. Los tres casi lo pagan con sus vidas. Hoy luchan contra la pena capital.

El 8 de abril de 2002 fue un día soleado en Arizona. Pero lo que cegó a Ray Krone a las cuatro de la tarde fueron los flashes de los fotógrafos y los focos de las cámaras de televisión. A las puertas del centro penitenciario de Florence, reporteros de medio mundo se peleaban por cazar el mejor plano de la salida del condenado a muerte número 100 puesto en libertad en EE.UU. desde la reinstauración de la pena capital en 1976. Veinte días después, la Justicia ratificó su inocencia. Entonces, la madre de la víctima del crimen que él no había cometido se acercó a pedirle disculpas entre sollozos. Ray le quitó toda culpa, a pesar de haber estado mirándole como si fuera el terrible asesino de su hija durante más de una década. A pesar de haberlo llamado animal. "Ella no me decía eso a mí; se lo decía al asesino".

Ray intenta llevar una vida normal tras sobrevivir al corredor de la muerte. Cuida a diario, con ayuda de su novia, la granja que ha instalado junto a su casa en Pensilvania. No tiene hijos. "Es una de las cosas más dolorosas del calvario que sufrí: haber perdido la oportunidad de ser padre. Tengo 51 años y no me gustaría convertirme en un abuelo para mi hijo".

Dicen que quienes dan con sus huesos en el corredor de la muerte lo primero que piensan es en el menú de la última cena. Pero Ray no podía concebir algo semejante el 3 de diciembre de 1992, cuando entró en la celda 3C8 del centro penitenciario de Florence. Se negaba a creer que la Justicia de su país estuviera dispuesta a asesinarle por un crimen que no había cometido.

Ray no tenía antecedentes penales. Su biografía tenía todos los condimentos de una vida "normal". Era el mayor de tres hermanos, criado en el sur, y con un pasaje por las Fuerzas Armadas. Fue mecánico y trabajó en correos. Su vida sentimental no era diferente a la de cualquiera. A principios de los 80 se mudó a Phoenix, Arizona. Vivía en una casita baja de dos dormitorios y disfrutaba de 340 días de sol al año. Jugaba al volley, y con sus compañeros de equipo iba a jugar a los dardos en el bar que les patrocinaba las camisetas, el CBS Lounge. El mismo lugar donde la mañana del domingo 29 de diciembre de 1991 el dueño del establecimiento encontró la puerta abierta y el cadáver de Kim Ancona en el cuarto de baño de caballeros.

El crimen tuvo lugar, conforme a las pruebas periciales, entre la una y las dos de la madrugada del domingo. Ray nunca se cansó de repetir que a esa hora estaba durmiendo durante los dos juicios que se siguieron contra él. Y así quedó demostrado. Las pruebas de ADN probaron su versión e inculparon a otro hombre, un asesino habitual de Arizona. Pero diez años, tres meses y ocho días después. Con un inocente condenado a muerte y a cadena perpetua de por medio.

Ancona era camarera del CBS y conocía a Ray y a sus amigotes del volley. Los periódicos locales publicaron que Ray llevó en su Corvette a la camarera de camino a una fiesta navideña una semana antes del crimen. Este hecho, junto a la habitual presencia de Ancona con sus amigotes en el CBS Lounge y el número de Ray en la agenda de teléfonos de ella, constituía toda la evidencia con la que contaba la policía para sustentar que él pudiera ser un novio o amante de la camarera. Y que se trataba de un crimen pasional.

Otra de las pruebas a las que se aferró el juez de la corte de Arizona para condenarle a muerte fue la versión de un experto que relacionó las huellas dentales encontradas en el cuello de la víctima con los dientes que Ray llevaba cubiertos con fundas desde que se los rompió en un accidente a los 17 años. El martes 31 de diciembre de 1991, dos días después del levantamiento del cadáver, la policía le arrestó por asalto sexual, secuestro y asesinato de Kim Ancona. Estuvo preso en Phoenix durante seis meses, hasta que se abrió un proceso contra él. Apenas duró tres días y medio. El abogado del Estado asignado recibiría 5.000 dólares por defenderle. "¡Con eso no tienes ni para pagarte un divorcio en EE.UU.!", apunta Ray. Aún así, estaba seguro que saldría en libertad. Se equivocó. En noviembre de 1992 fue condenado a muerte. Tenía 35 años.

Un mes más tarde ingresó en el corredor de la muerte de Arizona, en el centro penitenciario de Florence. Los guardias del comité de bienvenida le dispensaron un trato que le recordó sus años en el ejército. "Aquí mando yo, y a partir de ahora harás lo que yo diga". Los agentes guardaron sus escasas pertenencias en una caja y le brindaron unos pantalones vaqueros de color azul marino, dos pares de calzoncillos y de calcetines y un par de botas. Fue conducido con las manos esposadas hasta su celda, la 3C8, de alrededor de tres metros de largo por un metro y medio de ancho. La vida, a la espera de ser ajusticiado, quedaba reducida a esas dimensiones. En compañía de una cama, un retrete y un pequeño lavabo.

Sólo podía salir de allí tres veces por semana, tomar una ducha el viernes y recibir tres comidas al día en horarios no establecidos. Ningún tipo de contacto físico con el resto de internos estaba permitido. Sólo tenía posibilidad de hablar con ellos cuando salía a uno de los 16 patios individuales contiguos a la galería. Se refugió en los clásicos. Moby Dick o El conde de Montecristo visitaron su celda. "Pero mi verdadera inspiración fue la Biblia". La Biblia y una máquina de escribir donde plasmaba sus esperanzas a su familia.

Así pasó tres años, aferrado al instinto de supervivencia. Sus familiares tenían derecho a visitarle una vez al mes durante dos horas. Junto a ellos gestó Ray el recurso de su caso ante la Corte Suprema de Arizona. Un primo de su madre costeó los honorarios de un buen abogado. "Ya sabes cómo funciona esto en Estados Unidos, sin pasta no consigues una buena representación judicial. Y ya había tenido una mala experiencia que no estaba dispuesto a repetir". Si el proceso que le condenó a muerte duró tres días, el del recurso, bajo una buena defensa, se prolongó durante seis semanas y media. Se practicaron pruebas de ADN y Ray fue declarado de nuevo culpable, pero consiguió salir del corredor de la muerte. En enero de 1996 fue trasladado a la unidad central del penal de Florence, sentenciado a cadena perpetua. Empezó a trabajar en la librería y recuperó más libertad para jugar al volley.

Su abogado reclamó en 2002 nuevas pruebas de ADN que inculparon a otro hombre del crimen por el que Krone había sido condenado. En 1992, cuando fue sentenciado, la práctica de este tipo de análisis no era muy común en EE.UU. En el Death Penalty Information Center aseguran que 127 condenados a muerte han sido puestos en libertad desde 1976 tras demostrarse su inocencia, de los cuales al menos 15 se libraron gracias a los análisis de ADN, no siempre admitidos en juicio. Ray fue uno de ellos. A las doce del mediodía del 8 de abril de 2002 recibió una llamada de su abogado: "Te vas a casa". Un año después recibió la disculpa de los agentes de policía que aportaron las pruebas a su caso y del gobernador de Arizona. También recibió, en 2005, una compensación económica de 4,4 millones de dólares. "Pero tras liquidar los gastos de mi abogado, me quedaron 2,4 millones". Con parte de ese dinero compró la granja y la casa en Pensilvania.

ACTIVISTAS. Ray es hoy un activista contra la pena de muerte. Fue convocado por Amnistía Internacional (AI) para que en octubre pasado contara su caso en la Asamblea General de la ONU. "Lo que a mí me pasó, ser condenado siendo inocente, le puede pasar a cualquiera", dijo. A su lado, el japonés Sakae Menda y el ugandés Mpagi Edward Edmary asentían. "Estos tres hombres son una prueba patente de que la pena capital es administrada por sistemas viciados, con independencia de la cultura o los recursos del país en cuestión. Nadie sabe cuántos hombres y mujeres inocentes han sido ejecutados a lo largo de la historia. Pero el riesgo de ejecutar inocentes constituye otro argumento de peso para aprobar una suspensión mundial de las ejecuciones", argumentó Piers Bannister, experto de AI sobre cuestiones relativas a la pena de muerte.

Menda pasó la noche del 29 de diciembre de 1948 en un prostíbulo la ciudad de Hitoyoshi. Tuvo la desgracia de enterarse que ahí había una menor cuya madre obligaba a ejercer la prostitución. A medio kilómetro, alguien entró por la fuerza en un domicilio, robó lo que pudo y asesinó a sangre fría al matrimonio habitante. Cinco días después, cuando Menda estaba alojado en la casa de un amigo, cinco fiscales se lo llevaron si mediar palabra a una comisaría. A sus 83 años, Menda tiene una paciencia de santo que le ayuda a contar una y otra vez su injusta historia para exigir la abolición de la pena de muerte. Es que uno de los fiscales ejercía también como proxeneta de la madre de aquella menor a quien falsificaron la edad en su documentación para que pudiera ejercer la prostitución. Ante el temor de que revelase algo sobre la identidad de la joven, su madre le inculpó a él del asesinato cometido cerca del burdel.

La policía le arrancó una confesión mediante "torturas indescriptibles", fue condenado a la pena capital e ingresó en el corredor de la muerte, tras la ratificación de la sentencia por parte del Tribunal Supremo, el día de Navidad de 1951. A lo largo de 11.315 días de encierro, nunca le avisaron de cuándo iba a ser ahorcado. Podía haber sucedido en cualquier momento. Ningún condenado a muerte en Japón conoce el instante de su ejecución salvo cuando ésta va a llevarse a cabo. "El miedo llegaba cada día a las 8.30. Después de la revisión de celdas, si te dejaban salir al recreo, contabas con un día más de vida".

En 31 años, nunca recibió una visita. Su primera esposa se divorció de él. En 1965, su padre le comunicó que en adelante ponía fin a todo tipo de relaciones paternofiliales. "La idiosincrasia del pueblo japonés es así. Te estigmatiza de por vida y la gente te deja de lado".

Pero él nunca se negó a encontrar una declaración de inocencia. El padre de un gobernador a quien enviaba libros transcritos al lenguaje braille, actividad que aprendió de uno de los internos, le aconsejó que enviara un escrito de súplica a la sección de Derechos Humanos de la Federación Japonesa de la Abogacía. La sentencia fue revisada y el 10 de junio de 1983 fue declarado inocente de los cargos que le condenaron a la pena máxima. Ese día pasó a ser una de las cuatro personas que han salido del corredor de la muerte en Japón tras la revisión de su caso.

Ya sexagenario, Menda contrajo matrimonio por segunda vez al recuperar la libertad y abrió una boutique con su mujer. "Pero cuando uno sale, el calvario continúa. La cruel idiosincrasia japonesa siguió estigmatizándome por haber sido condenado a muerte".

"Algo habrá hecho". El estigma del condenado a muerte también persigue al ugandés Mpagi Edward Edmary desde el año 2000, cuando obtuvo la libertad. Hoy tiene 52 años, una esposa y seis hijos. "Todavía hay personas que piensan que si estuve 18 años en el corredor de la muerte, debo ser culpable".

Edward fue sentenciado junto a su hermano el 29 de abril de 1982 por el atraco a un hombre a quien los jueces consideraron asesinado; 18 años después se comprobó que el muerto seguía con vida y que ellos no habían cometido el atraco. El recuperó la libertad. Su hermano murió en prisión.

En esa misma sesión de octubre, Edward contuvo la emoción como pudo, se aferró a un micrófono y declaró en la Asamblea General de la ONU: "La pena de muerte no es ni tan siquiera un castigo. Un castigo sirve para reformar, y matando a una persona le niegas la posibilidad de reformarse".

"Si algo pude aprender es que la rabia te destruye"

"El peor momento en el corredor de la muerte era cuando veías que llevaban a un interno al pabellón donde esperas una semana a ser ajusticiado. No vi a nadie llorar cuando te llevaban al pabellón de espera. Quizá pensara que les hacían un favor. Todo el mundo decía que era mejor estar muerto que vivir de esa manera. La idea es: `Total, vamos a morir de todas formas`. Además, en el corredor de la muerte te tratan como a un animal. Yo no pensaba eso porque era inocente, era lo que me hacía mantener la esperanza".

"No busqué culpables de lo que me pasó. Si algo aprendí en esos años es que la rabia te destruye. Prefiero pasar el resto de mi vida contando que lo que me pasó a mí le puede pasar a cualquiera, que el sistema falla. Seguiré haciéndolo hasta el final, o hasta que se erradique la pena de muerte en Estados Unidos. Está en nuestras manos cambiar las cosas".

"Yo creo en la Justicia, pero no en el sistema judicial de mi país".

"Es cierto que antes de que me pasara esto, yo estaba a favor de la pena de muerte. Pero hoy creo que no sirve de nada responder a un crimen con el mismo castigo. Como le dije a un reportero nada más salir de prisión: morir es fácil, lo difícil es vivir".

"Mi verdadera inspiración fue la Biblia. ¿Si se puede tener fe en una situación como la mía? Sí, se parece a la historia del santo Job".

"En el corredor de la muerte no puedes actuar emocionalmente. Se parece a esas situaciones límite en las que la vida te pone a prueba y no deben abordarse desde la emoción. Para sobrevivir allí, tienes que pensar en positivo. Además, si los internos ven que hablas mucho con los guardias, comienzan a pensar que estás pasando información".

"No creo descabellado que un día se acabe la pena de muerte en EE.UU. Alguna vez acá las mujeres no pudieron votar y existía segregación racial. Quizá haga falta una próxima generación que tenga más valor".

Ray Krone, tres años y un mes en el corredor de la muerte. EL PAÍS DE MADRID

Hasta 25 mil condenas por año

Hasta el momento, 135 países han suspendido, al menos en la práctica, el castigo de la pena capital.

A la espera de los datos de 2007, Amnistía Internacional (AI) calcula que en 2006 fueron muertas legalmente al menos 1.591 personas en todo el mundo.

El 65% de estas ejecuciones ocurren en China, aunque otras fuentes señalan que en el gigante asiático la cifra real oscila entre 7.500 y 8.000 personas al año, dato difícil de confirmar porque es secreto de estado.

Según AI, cada año entre 19 mil y 25 mil personas son condenadas a muerte.

En EE.UU. y desde 1976 fueron ejecutadas 2.000 personas. En 1994, un estudio de Gallup indicaba que el 80% de los estadounidenses apoyaba la pena capital; esa misma firma dice en su último sondeo que ahora el porcentaje descendió a 69%.

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