Fue el 1° de marzo de 2005. Tras soportar un plantón en el hemiciclo de la Asamblea General, por la inelegante tardanza de Tabaré Vázquez en venir a cumplir con el art. 158 de la Constitución, lo que me permitió disfrutar de la conversación de la anciana y culta señora del general Seregni, debí "bancarme" otra tediosa espera -¡de casi una hora!- en el Palacio Estévez.
En esa segunda oportunidad, tuve sentada a mi izquierda a Cristina Fernández de Kirchner. Hacía mucho calor y ella no se sentía nada bien. Según me dijo, había madrugado, pues su esposo tuvo que leer ese día en el Congreso el mensaje anual del gobierno. Luego, el viajecito aéreo y la sucesión de ceremonias la habían dejado sin almuerzo.
Su semblante trasuntaba realmente su malestar, por lo que llamé a una funcionaria de protocolo, quien la condujo a un baño y la hizo servir un café en una sala contigua. Al rato volvió, algo recompuesta. En el ínterin, observé el panorama que me rodeaba.
En primera fila, estaban sentados los presidentes "mercosurianos", así como el de Chile. De pronto, hartos de la espera, se pararon y estiraron un poco sus piernas. Pude, así, observarlos mejor. Resaltaba el señorío y el aplomo de Ricardo Lagos. Lula lucía confiado y suficiente, quizás como reflejo del poderío regional de su país. "El marido de Cristina" -como suele decirle en solfa el Ing. Végh Villegas-, aparecía sonriente, no supe por qué, y con la típica actitud sobradora de los porteños cuyos apellidos no son Alvear, Alzaga ni Unzué.
Por ahí andaban don Manuel Fraga, siempre amable y talentoso, y Enrique Iglesias, con su natural simpatía. Separados, pero no inadvertidos, estaban el príncipe Felipe de Borbón -el hijo de "¿por qué no te callas?"- y su hermosa y reciente consorte, cuyo enamoramiento no podían ocultar. También estaba Mujica, vestido ya se sabe cómo. Al fin llegó Vázquez, a quien aguardaban, su esposa, María Auxiliadora, y sus tres hijos, cuya vestimenta era el polo opuesto de la del ex guerrillero que -pobrecito- gana tan solo $ 26.000. Y al rato pudimos irnos. Todos. Y Cristina también.
Han pasado tres años y esta inteligente y engreída dama es hoy, gracias a algunas virtudes propias y a su tan maleducado marido, la presidenta de la República Argentina. Ocupa, como les gusta decir a sus compatriotas, "el sillón de Rivadavia". Que también fue el de Mitre, Sarmiento, Roca, Quintana, Sáenz Peña, Hipólito Irigoyen y Marcelo Torcuato de Alvear. Casi nada. No es tan insolente como su cónyuge, pero también es de carácter fuerte. Y, fiel a sus vínculos juveniles con los montoneros, alterna, en su oratoria, conceptos atendibles y razones de cierto peso, con artillería pesada y proyectiles de grueso calibre. Fueron blanco de ellos, días atrás, los productores rurales que, hartos de que el gobierno les meta cada vez más a fondo la mano en el bolsillo, adoptaron medidas de fuerza. Se les agotó la paciencia.
Así, Cristina, vas por mal camino. No se gobierna con rezongos, a los gritos y llevándose a todos por delante. Hay que tener orejas grandes, para escuchar a todos, ser prudente y saber conciliar intereses. Ahora iniciaste un diálogo con los dirigentes rurales, del que participa tu joven ministro de Economía. Dile que pase más seguido por la peluquería. Eso está mucho mejor.
Alguien que sabe mucho de economía y me vaticinó la crisis de EE.UU. un año atrás, pronostica un gran descalabro en tu país, para el segundo semestre del 2009. Apróntate, Cristina.