Pablo Da Silveira
El profesor Germán Rama dictó recientemente una conferencia sobre la situación educativa. Lo esencial de su planteo es que la pobreza es el principal factor que explica el fracaso escolar (los malos aprendizajes, la deserción, la repetición) y que la situación se combate intensificando la escolarización: hay que empezar antes la educación preescolar y extender los años de enseñanza obligatoria; hay que dar más días de clase por año y más horas de clase por día. Todo lo cual significa gastar más plata.
Se trata de un muy buen ejemplo de cómo no hay que hacer las cosas.
Para empezar, hay una confusión conceptual: es verdad que tenemos marginación y pobreza, y también es verdad que tenemos malos resultados educativos. Pero es incorrecto decir que tenemos fracaso escolar porque tenemos pobreza. Si tenemos fracaso, es porque nuestra enseñanza no está consiguiendo atenuar el impacto de esa pobreza. Pero ese es un resultado evitable. Otros lo están haciendo mejor.
Colombia tiene a casi la mitad de su población bajo la línea de pobreza, mientras nosotros tenemos a algo más de la cuarta parte. Pero sólo nos separan 40 puntos de promedio en la última prueba de ciencias organizada por PISA. Cuarenta puntos no es mucho. Por ejemplo, es lo que separa a Finlandia de Corea, ubicados en el primer y décimo lugar de la lista (es decir, dos de los mejores). Con todos sus problemas, Colombia está teniendo más éxito que nosotros en amortiguar el impacto de la pobreza sobre los aprendizajes. También tiene menos deserción.
En segundo lugar, la propuesta de aumentar la cantidad de años de escolarización, los días de clase por año y las horas de clase por día significa más de lo mismo. Y una enorme evidencia confirma que más de lo mismo no soluciona nada. En Finlandia, el país que logra mejores resultados en la prueba de PISA, los niños empiezan a ir a la escuela a los 7 años. Cuando llegan a los 14, pasaron en promedio unas 5.500 horas en el aula. Un alumno griego pasa unas 7.500 horas entre los 7 y 14 años. Pero Finlandia está en el primer lugar de PISA, con 563 puntos como promedio en ciencias, mientras Grecia está en el lugar 38, a 90 puntos de distancia. Los uruguayos de 14 años no recibieron muchas menos horas de clase que los finlandeses de esa edad, pero estamos a 135 puntos. Lo importante no es cuántas horas pasan los alumnos en clase, sino lo que se hace en ella.
Lo mismo pasa con el dinero. EE.UU., gasta en promedio 8.700 dólares por alumno y por año. Finlandia gasta 7.500 dólares. Pero mientras Finlandia está en el primer lugar de PISA, EE.UU., ocupa un modestísimo puesto 29. Y mientras Finlandia tiene una tasa de deserción del 4 por ciento, Estados Unidos tiene un 25.
Más de lo mismo no es buena estrategia. Por ese camino sólo conseguiremos despilfarrar recursos sin lograr buenos resultados. E intentar resolver el problema con mandatos legales es querer tapar el sol con la mano. Si muchos jóvenes uruguayos abandonan las aulas, no es porque sean tontos sino porque el sistema educativo no responde a sus necesidades. El problema no es de ellos, sino del sistema educativo.
Los uruguayos tenemos el desafío de cambiar todo lo que sea necesario para volver a tener una educación de la que podamos sentirnos orgullosos. Debemos buscar nuevos caminos. Estamos en el siglo XXI. No nos sirven políticas de 1970.