Calamaro y el sabor popular de su reencuentro con Montevideo

Charrúa. El estadio se llenó y cantó todas las canciones del argentino

SEBASTIÁN AUYANET

En uno de los conciertos más convocantes de los últimos años producido por un artista en solitario, Calamaro llevó su conexión con Uruguay a nivel vivo. En un ambiente familiero y seguro, muchos vivieron su primera aventura "rockera".

Buena parte de las 17.000 personas salían del estadio y circulaban por la avenida que conecta al Estadio Charrúa con el Shopping de Portones. Entre comentarios y varias latas de cerveza aplastadas con el pie y tiradas a algún tacho cercano, circulaban varias letras.

Uno cantaba Buena suerte y hasta luego, otro se enganchaba con Milonga del marinero y el capitán. Un tercero ensayaba los versos del Vigilante medio argentino, mientras un auto le pasaba por delante con Palabras más, palabras menos. Canciones que Andrés Calamaro no cantó ayer de noche. La lista es extensa y cada uno puede agregar una nueva. "Che, también le faltó Mil horas...".

Esto podría parecer una crítica, pero no es tal. Es que el repertorio de Andrés Calamaro es demasiado extenso. Que sobren temas según el gusto de cada consumidor, entonces, es algo previsible. El nombre de su último disco resume como ninguno su obra y la reacción en masa del público que ayer fue a verlo. Él se siente bendecido por el don de la lengua popular y lo dice. El público, de diversas extracciones y franjas de edad, lo reconoce, lo sigue y lo idolatra, convirtiéndolo en uno de los pocos artistas que pueden rimar "convicción" con "corazón" y no recibir palos de ningún lado. La música de Calamaro, como muy pocas dentro de la música popular más masiva, tiene el consenso de todos y atraviesa varias generaciones. Desde Costumbres argentinas (o rioplatenses) hasta Estadio Azteca, sin escalas.

Pero aquí no se puede hablar con exclusividad de "hits", porque el recorrido de canciones de Andrés -apoyado en su mayoría en los trabajos solistas post Los Rodríguez- no depende de los Te quiero, Flaca o de la triunfante apertura de El Salmón, que movió a toda la cancha y las tribunas del estadio. Funciona también Clonazepán y circo, una de las sorpresas del repertorio junto a El día mundial de la mujer. La gente, cada vez más acostumbrada a reclamar las dos o tres grandes canciones, no necesitó esperar al cierre del concierto o a los bises. Cantó toda la noche porque Calamaro es de los pocos artistas de los que se conocen de principio a fin el 90% de las canciones de sus discos. Entonces, entre cerveza y olor a pasto, la noche se pasó volando pese a las casi dos horas y media que duró el recital.

De la euforia emotiva de una canción perfecta para arrancar un show a tope y con amigos como Los chicos a las autorreferenciales y lacerantes Paloma o Crímenes perfectos, se devela esa marca indeleble que muchas de esas canciones representan en buena parte del público. Esa ligación se extiende hacia mitos quizá innecesarios pero que hacen a una construcción del artista que, al parecer, la gente necesita hacer para sentirlo más cercano. Uno de los ejemplos es su relación con Peñarol, mito que más de uno tomó en serio portando banderas que sólo salen a la calle los fines de semana para ir a otro estadio, el Centenario.

Sobre el escenario, un Calamaro como siempre poco comunicativo mostró que había llegado a hacer lo suyo y volverse. Apenas eso era suficiente.

Más allá de la renovación de votos como ciudadano rioplatense con algún mate para la tribuna, un guiño político al reelecto presidente español y un saludo a Pappo por su cumpleaños (con versión de El tren de las 16 incluida), apenas si habló con sus músicos.

Por momentos eléctrico, el salmón se movió como un rapero por la parte frontal del escenario. Cuando tuvo ganas, el cantante se conectó a la guitarra eléctrica para sumarse a los otros dos "violeros" que trajo en su gira, lo que por momentos recargó demasiado el sonido de algunas canciones cuyo principal gancho suele ser la simpleza y accesibilidad de rimas y estribillos. Los punteos, por buenos y virtuosos que fueran, daban paso a la charla o a las fotos que muchos se sacaban con el escenario de fondo.

Sobre el comienzo del concierto sonó A los ojos, una de las llamativas y esporádicas referencias a Los Rodríguez que sonó algo desinflada de su rockera versión original, pero eso ni siquiera puede leerse como un error ya que ningún arreglo o variación en la letra atenta demasiado contra el espíritu de las canciones.

La puesta en vivo, además, alcanzó para probar que La lengua popular se ajusta a los fanáticos como varios de sus mejores trabajos. Y de paso, que un artista fuera del abismo, sano y papá también puede ser relevante y conservar el fuego interno propio de cualquier talentoso poeta mal hablado.

La cifra

17.150 El total de asistentes que coparon cada uno de los sectores del Estadio Charrúa para ver la presentación de La lengua popular.

Heterogéneo, familiar pero poco tolerante

Mucha de la gente que pudo acceder temprano al Estadio Charrúa (¿no convenía una buena zona de exclusión para facilitar la llegada al estadio?) reaccionó con desprecio al show de soporte que Dani Umpi ofreció minutos antes de la subida de Calamaro. A pesar de que el cantante reconoció haberlo elegido por fuera de las preferencias de la producción, mucha gente ubicada sobre el sector "cancha vip" insultó sistemáticamente al cantante, lo que provocó que reaccionara alguno de sus compañeros. Si se tiene en cuenta que el público era de varios estratos y representativo por su volumen, el hecho llama la atención, y para mal.

Al rato, con Calamaro y sus músicos tocando, el salmón saludó a Umpi y le agradeció por su presencia en el Charrúa. Días atrás, había reconocido en una radio local que el haber designado a Umpi era un "capricho personal".

Andrés también tuvo palabras de cariño para el uruguayo Beto Satragni, su "mentor" artístico con el que debutó en formato banda a fines de los años setenta. Ese proyecto llamado Raíces tuvo su segunda etapa con Calamaro durante el pasado verano, y de esa reunión salió un nuevo disco que terminó de grabar junto a Lito Nebbia. Se trata de la segunda colaboración de Nebbia con Calamaro, ya que el mítico músico argentino fue el productor de El palacio de las flores, disco casi omitido dentro del repertorio de esta gira.

Sobre el escenario, dos personajes destacados fueron los coristas de Andrés. Daniel Suárez y el Cóndor Sbarbatti pertenecen a Bersuit Bergarabat y tuvieron su momento cuando llegó la hora de dedicar el tango Los mareados.

El show de Calamaro fue posible gracias a la asociación de varios productores locales: Música Nueva, C.P. y Malacara, lo cual posiblemente haya facilitado el aterrizaje de un artista que durante cinco años se intentó traer al país sin éxito. El balance para el común del público y los organizadores fue más que satisfactorio, aunque algunos espectadores que debieron ser reubicados por cuestiones logísticas en la tribuna perdieron sus ubicaciones originales y se quejaron.

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