LEONARDO GUZMáN
Un matutino me preguntó hace dos semanas si había adherido a la candidatura del Dr. Lacalle. Remití a la cronista a la reunión en el Hotel Lafayette en torno al Dr. José Amorín Batlle. No publicó nada.
Días después, esa hoja me incluyó entre no-blancos lacallistas.
La versión se acalló sola. Pero la revivió un "se han manejado los nombres de". Entonces, puntualizo: no he adherido a ninguna candidatura; no he firmado manifiesto alguno; no he participado en ámbito deliberativo partidario ni suprapartidario; no he autorizado a nadie a manejar mi nombre.
Si de Lacalle se trata, sostengo que merece no quedar fuera. Esa opinión la emití años atrás. La ratifico. Así, me entero que anteayer, en ADM, salió al cruce de la guerra de clases, azuzada por algunos. En eso, esencial, coincide con nuestra prédica; y con lo que Batlle y Ordóñez escribió en El Día el 21 de marzo y el 3 de junio de 1917.
Sostengo también que la Constitución nos obliga a unos y otros a seguir con interés lo que haya de suceder con candidaturas y partidos a los que podemos votar juntos en balotaje, en un Uruguay civilizado donde la hija de Herrera alcanzó a votar al más reciente de los Presidentes Batlle.
Y naturalmente, como batllista a pie -como tantos- estoy preocupado por la anemia colorada y los partos íntimos de candidaturas hasta ahora sin robustez. Están preocupados también los blancos, que necesitan socio fuerte. Y lo están hasta los frenteamplistas lúcidos, que no quieren la división del país en dos, tentación para el fanatismo.
Como abogado y columnista, mi oficio es el de hombre libre que da razón de sus actos. Lo ejercí incluso cuando, siendo Ministro del rotundo Presidente que fue Jorge Batlle, asumí incomodidades en defensa de la ley, sin preguntarme si había votos para apoyarme o defenestrarme.
Con esos antecedentes, es obvio que si resolviera irme del Partido Colorado, no lo haría en silencio, como los cientos de miles que dejaron de votarlo. Escribiría con todas las letras el qué y el porqué de la decisión. Junto a César Batlle Pacheco aprendí a pronunciarme por razones dichas en voz alta, y no por enganche ni por extrapolación de imágenes de vedette.
El reclamo de que los actos se funden en razones comunicables, entendibles, fue ideal aristotélico revivido por la Ilustración, es exigencia secular del Derecho y es la actitud seria de personas, empresas, instituciones y países. El Uruguay liberal, de eso hizo escuela. Los hijos de su aula no aceptamos quedar clasificados ni delimitados por operaciones de prensa.
Ocupándome del poder sin disputarlo, escucho a todos y -hombre libre- desde el llano adopto definiciones "de mi mismísima mismidad".
Lo que de ellas importa recae sobre angustias muy anteriores a lo electoral. En estos siete días, Mussolini habló por boca de Chávez, movilizando batallones por orden verbal a Ministro obsecuente. El noble Prof. Juan P. Cajarville dimitió a su Cátedra de Derecho Administrativo, ante la caída de la cultura estudiantil. Y salieron a luz entresijos procedimentales de la Justicia, que dan grima.
¡Es en esos temas que finca el deber cívico de la hora! ¡Por sobre todos lemas y comicios, reconstruir el Derecho como inspiración, ciencia y vida!
Ese deber importa más que lo que terminemos votando quienes seguimos siendo bat-llistas en una diáspora ya larga que tiene una sola esperanza: volver a pensar por ideales, principios y programas.