No tengo ningún informe científico que compruebe que de día las luces reducen la siniestralidad en el tránsito. De hecho, en los países europeos más Canadá, Australia e Israel, lo han quitado de la normativa en los últimos años. Aunque sí son muy importantes de noche, en los días nublados y de lluvia.
Parecería ser que la superposición de luces hace que, en algunos casos, se divisen menos los peatones y ciclistas. O sea, ellos ven mejor al vehículo, pero para el que va circulando en el automotor se confunden entre los focos. Lo he podido comprobar sobre todo con los peatones de gris o de ropa oscura.
Lo que se genera es una especie de encandilamiento diurno. El cerebro capta el brillo y, como el manejo es instintivo y no racional, éste se acostumbra a rastrear la luminosidad, por lo que el peatón y el ciclista tienen menos posibilidad de ser vistos.
Defiendo la Ley de Tránsito, pero considero que existen otras medidas de seguridad más económicas que pueden tener una repercusión inmediata en la disminución de accidentes. Por ejemplo, sacar los contenedores de las esquinas, demarcar los carriles en rambla y avenidas, poner antes la publicidad de las paradas de ómnibus para no cerrar esquinas, sacar las cebras de la rambla y poner semáforos.
Pero esta es mi opinión como técnico. Desde el punto de vista de educador, es una disposición que está por ley y que se debe cumplir.
Arturo Borges. Perito en accidentes y
Director del Instituto de Seguridad Vial (Isev)