RUBEN LOZA AGUERREBERE
Encontrar el camino de la libertad, por el dédalo de las ideologías. Ello es el centro de la obra de Sir Isaiah Berlin, y campea en sus ensayos titulados "Impresiones Personales". Uno de los capítulos más extensos, lo destinó a describir la situación de los escritores rusos con los que tomó contacto en los años 1945 y 1956, cuando realizó funciones temporales en la Embajada Británica en Moscú.
Sir Isaiah Berlin, nacido en Riga y emigrado en 1920 a Gran Bretaña, se vinculó profundamente en el seno de la cultura local y pasó a ser uno de los principales representantes de la llamada "escuela de Oxford". Formó a varias generaciones de la elite británica, y, como dice Guy Sorman, creó una disciplina que no existía antes de él, refiriéndose a la Historia de las Ideas.
Volviendo a su libro, entre las personalidades más originales que Isaiah Berlin menciona se encuentran Boris Pasternak, Anna Ajmátova, Osip Mandelstam, novelistas como Bábel, pintores como Roerich Somov y Kandinski, y productores como Eisenstein y Pu-dovkin. Eran creadores activos y entusiastas, pero, sostiene, la ortodoxia marxista les clausuró los caminos de libertad creadora a que aspiraban. Es decir, esos senderos que permiten que cada cual se exprese artísticamente como desea hacerlo. Fue, dice Berlin, cuando se prohibió todo aquello que fue rotulado como arte individualista, formalista y esteticista. Se consideraba que esas corrientes de expresión caminaban a la zaga de Occidente. Por ello se exigió, en cambio, realizar un arte proletario y colectivista.
Algunos aceptarán la situación, otros sintieron que la tutela del Estado era opresiva, y otros recibieron estas ideas con entusiasmo. Stalin, por ejemplo, decidió terminar con las escaramuzas político-literarias al respecto. ¿Cómo lo hizo? En 1934, el Partido creó la "Unión de Escritores" y a ésta se le encomendó hacerse cargo de toda la actividad literaria. Punto.
Y de esta manera, llegó lo peor de semejantes medidas. Por ejemplo, el poeta Maya-kovsky, cuyo prestigio era casi similar al de Gorky, se suicidó en 1930. Dice Berlin: "Poco después, Meyerhold, Mandelstam, Bábel, Pilniak, Kluyev, el crítico D.S. Mirsky, los poetas georgianos Yashvili y Tabidze -para mencionar sólo algunos- fueron arrestados y muertos". Y en 1941 se suicidó la poetisa Mariana Tsvetaevá.
Berlin señala asimismo que: "los relatos más auténticos y obsesionantes de la vida de la "intelligentzia" durante este período de muerte, que no fue el primero ni (probablemente) será el último en la historia de Rusia, se encuentran en las memorias de Nadezhda Mandelstam y de Lydia Chocovkaya; y, en un medio distinto, en el poema "Réquiem", de Ajmátova".
Fue Ana Ajmátova quien le hablaría de un joven poeta que sobresalía de manera extraordinaria: Joseph Brodsky. Como se recordará, fue perseguido por carecer de trabajo y dedicarse a tareas improductivas como escribir poemas sosteniendo que la poesía era "un don divino". Tras cinco años de trabajos forzados, logró marcharse. Luego de deambular terminó dando clases en universidades de Estados Unidos, donde siguió escribiendo sus poemas y ensayos, y en 1987 (a los 47 años) obtuvo el Premio Nobel de literatura.
Cuando leemos los capítulos de este libro pensamos cómo fue posible se ocultara por tanto tiempo tan dolorosa realidad. A intelectuales como Sir Isaiah Berlin debemos estos aportes de higiene civilizadora.