LEONARDO GUZMÁN
Luminosos, los 90 años de Enrique Beltrán nos estremecen por la consagración con que dirige y la actualidad de lo que escribe.
Cada fin de semana, desde su recodo de lo vivido, otea horizontes que nos son comunes.
Es que el recodo de cada uno no se forma sólo con lo intransferible de cada biografía sino también con las resonancias de lo universal sentido, pensado, trabajado por dentro. Por eso en las entrelíneas de hoy se enciende la luz de las admiraciones que nos balizaron por dentro y reviven las búsquedas que inspiraron nuestras vocaciones. Y por eso, la cercanía conceptual genera amistades del alma, que son la principal base de las colectividades cuando las personas entran enteras, en vez de reducirse al uso recíproco de su funcionalidad. ¡Es que "concepto" etimológicamente es "lo concebido", lo entrañable, casi lo encarnado!
Desde esa amistad conceptual, estas nueve décadas de Enrique hacen que, mientras al trote se nos agolpan recuerdos, el espíritu se detiene, abrupto, en mi radical concordancia con la rotundidad de su definición antitotalitaria, fruto de una vibración constitucional que le nació con la vida y que, compartiendo aulas y tribunas, le nutrió el estro de Arcos Ferrand y Justino Jiménez de Aréchaga.
La base está en el hombre entero, antes de clasificarlo por lemas, izquierda y derecha o herencia antrópica. El camino es el fijado por la visión portentosa de Unamuno, cuando escribía "el adjetivo humanus me es tan sospechoso como su sustantivo abstracto humanitas, la humanidad. Ni lo humano ni la humanidad, ni el adjetivo simple, ni el sustantivado, sino el sustantivo concreto: el hombre. El hombre de carne y hueso, el que nace, sufre y muere -sobre todo muere-, el que come y bebe y juega y duerme y piensa y quiere, el hombre que se ve y a quien se oye" y proclamaba que "este hombre concreto, de carne y hueso, es el sujeto y el supremo objeto a la vez de toda filosofía, quiéranlo o no ciertos sedicentes filósofos".
Los totalitarismos instalaron mitos entre el hombre y las cosas, y aun entre el hombre y su prójimo: en el nazismo, la superioridad de una raza; en el fascismo, el destino manifiesto de una nación; en el comunismo, el imperativo histórico de que triunfe una clase social. Y con esos biombos entre el "tú" y el "yo", se anestesió para que fuera natural perseguir, y matar. Todo terminó en catástrofe.
Pero la tentación totalitaria, a pretexto de "la sociedad" como nuevo mito justificante, renace en secuestros y crímenes por suicidio, como bandera para disfrutar fragancia y sabor de las viandas del poder o como pretexto para eludir responsabilidades, entregando con sonrisa helada lo que resulta de "el sistema", sin medir las consecuencias.
El totalitarismo ya no asalta bárbaramente sólo al aparato estatal. Reaparece en lo impersonal y omnímodo que, en el Uruguay y en el mundo, atrapa al hombre hasta desde la tecnología.
Pero las múltiples cabezas de la hidra totalitaria no han engendrado ideales más altos que los de libertad y justicia a la medida del hombre, que en el Uruguay recibimos de nuestros maestros y que hoy rigen a los pueblos que -¡ay!- supieron hacer las cosas mejor que el nuestro. Por lo cual, la comparación del país para el que nos criamos con este que tenemos hoy, debe confirmarnos en nuestros sueños y afirmarlos como mandato.
Con esa certeza no exenta de dolores y luchas, debemos celebrar esto de sumar décadas trabajando por ideales que los siglos no marchitan.