LEONARDO GUZMÁN
Asistimos en Pusan, Corea, a la botadura y bautizo -rito ortodoxo- de dos buques construidos por Tsakos con Sungdong para servir a Petrobras. Bien precisó el Cap. Panagiotis Tsakos: juntar la experiencia adquirida en distintos países -en este caso, Uruguay entre ellos- afirma la universalidad de cada aporte, pero no se confunde con el rasero igualador de la globalización.
Viaje relámpago, esta semana escribimos desde las antípodas, siete días antes del Año Nuevo Lunar, que aquí no es leyenda.
Pusan -dos millones seiscientos mil habitantes- es un emporio. Seúl -diez millones largos- no es más la ciudad en estado de guerra que vimos hace un cuarto de siglo, con toque de queda, cinturón de miseria y aislamiento cultural. Es capital de rascacielos que disputan el paisaje a la montaña, rectora financiera con estándar de vida en alza y shoppings no inferiores a El Corte Inglés y La Fayette.
Sus multicolores letreros proyectan ideogramas. Esos jeroglíficos, impenetrables para nuestra lectura alfabética, conviven con industria, tecnología y urbanismo occidentales y presencia de las grandes marcas del mundo. Pero el conjunto no está exento de rincones de basura ni de comidas pobres ni de que la ley castigue el adulterio con cárcel -lo cual no es por cierto de los códigos civiles de Occidente.
Diezmado por las guerras -con Japón, con sus propios hermanos del norte-, el pueblo de Corea del Sur recuerda a sus muertos con culto budista y museo oficial. Pero no vive con los ojos en la nuca, sacando cuentas sobre lo que pudo ser y no fue o echando en cara lo que pasó hace décadas. Acepta el desafío de construir futuro. Compite. No se amilana ante los grandes temas. Proyecta.
The Korea Times ayer jueves consagró su título principal al propósito que tiene el equipo de gobierno entrante de convertir a Corea, en diez años, en el "Nº 1 de Asia en habla inglesa". Y "ante la dificultad para la conversión de palabras nativas", el propio equipo pide simplificar la "romanización" de los sonidos coreanos, para evitar equívocos incómodos, como el que se da precisamente con la ciudad-puerto que nombramos al principio, que es Pusan o Busan indistintamente, porque la pronunciación coreana del nombre queda a medio camino entre la "p" y la "b". Lo notable es que por atender a la educación del pueblo, se anime un gobierno a meterse con el alfabeto, sin alegar que el tema es solo técnico y sin que lo arduo de la empresa le parezca desproporcionado a los 90.000 kilómetros de su país, menos de la mitad del Uruguay. Lo notable es que siente que no es pequeño.
Más allá de diferencias geopolíticas, en la capacidad de atreverse con lo difícil vemos, más que un ejemplo a tomar de fuera, el regreso de verdades que nos enseñaron, separados pero juntos, los que muchas veces hicieron tutearse a Uruguay con los ideales del mundo, aportando soluciones propias.
Mientras esto escribimos, leemos en El País Digital que ya suman 40 los muertos del año por causa del tránsito y que cuatro farabutes osan dar tarjeta de visita en el puente de Fray Bentos. Pensamos cómo, en vez de exigir el Derecho, nos hemos acostumbrado a pedirle que indemnice lo irreparable o provea pretextos para enfrentamientos absurdos que entierran nuestro porvenir.
Y nos damos cuenta de que si por estar aquí nos toca hoy escribir desde las antípodas, por estar allá nos toca luchar para no seguir viviendo en las antípodas de nosotros mismos. Seúl, 01.02.08.