El vicepresidente de la República, en su exposición del miércoles en ACDE, se salió de madre. No es la primera vez que un integrante del actual gobierno peca por ello.
Nin está involucrado en un episodio con matices de tráfico de influencias que visiblemente lo perturba, y le ha dado por emprenderla contra la prensa. Cuando ésta justamente estaba quitándole espacio al tema, ocupada por asuntos que conmovieron la opinión pública, en un alarde de poco sentido de la oportunidad lo puso sobre el tapete con aditamentos insólitos.
Olvidó que quien le dio difusión y aceptó como de recibo a la denuncia anónima que se refirió a su entorno, fue el propio presidente Tabaré Vázquez que la había recibido, y sin avisarle, se la entregó -seguramente sin intención de perjudicarlo- a la ministra Berrutti, quien le quitó trascendencia, por lo menos en su primera reacción. Pero el hecho es que hoy lo está investigando la justicia penal.
El vicepresidente no tiene derecho a las insinuaciones que deslizó al sacar de la manga la metáfora de las ratas que se ahogan en la altura. Aclaró que no se refería a los periodistas, sino a los que calumnian, pero la generalización en el contexto en que se expresó, en sí misma es agresiva e injusta.
Dejando de lado la dificultades de los bronquios de los roedores con la falta de oxígeno, Nin Novoa también se equivocó cuando pretendiendo elevarse a la misma altura que el piloto inglés cuya sensibilidad auditiva le permitió identificar a una rata como la que provocaba un ruido en el avión, y su astucia para terminar con el roedor aumentando la altitud del aeroplano, dedicó buena parte de la exposición a dar una clase de ética periodística de manifiesta improcedencia. Entre otra cosa, por su falta de idoneidad en el tema. No vamos a protestar -esta vez- por haber atacado la libertad de expresión, como lo anunció, sino simplemente a dejar constancia de lo desubicado de sus reflexiones.
Y también transmitimos la esperanza que de la investigación salga limpia la conducta del vicepresidente. Ello, en salvaguardia de la jerarquía de la investidura y del interés del país, que no se beneficia para nada con el descreimiento en sus gobernantes.