Reconciliación

JUAN MARTÍN POSADAS

El tema que voy a tratar tuvo un momento de intensidad en junio; luego perdió fuerza, pero no está resuelto. Hay cosas importantes para el país que, lamentablemente, van quedando sin desenlace, en una intermitencia fatigosa. En este caso me refiero al tema de la reconciliación nacional.

Desde hace tiempo, incluso desde las vísperas de la recomposición democrática, el país tiene claro que, para sanar de las heridas del pasado, tenía que encarar un proceso de reaproximación. En una palabra: teníamos claro la necesidad de reconciliación. Los pasos en ese sentido no han sido pocos, aunque no hayan tenido el éxito deseado e, incluso varios de ellos, hayan sido mal concebidos y peor ejecutados. Pero la necesidad está clara: hay que llegar a una reconciliación. Lo que pasa es que en el asunto crece la confusión. Como se verá, hemos llegado a un absurdo.

La confusión queda al descubierto no bien se indaga quiénes serían los que deberían reconciliarse. ¿Los que se enfrentaron con las armas? ¿Los militares y los guerrilleros? ¿O los civiles democráticos con los militares autoritarios? ¿O los civiles legalistas con los guerrilleros subversivos? Se oye de todo.

Pero si el lector observa a su alrededor comprobará que hemos llegado al absurdo; quienes más vociferan, quienes más ardorosamente sostienen su posición e impugnan la contraria, alternado el clima propicio, no son los adversarios de antaño, actores personales de los hechos terribles de aquella época nefasta.

Hoy el Uruguay está dividido entre un sector de la opinión pública (o de la población) que se empeña en exigirle a los militares un reconocimiento explícito de sus errores y barbaridades, un pedido formal de disculpas y un propósito de enmienda y otro sector de la opinión pública empeñado en exigirle a los guerrilleros exactamente lo mismo: que reconozcan lo que hicieron, que pidan perdón y que demuestren haber cambiado. El encono, la sospecha, la desconfianza y la división se registran hoy en día en este nivel: no de los protagonistas sino de, podríamos decir, terceros reclamantes.

La reconciliación se hace más difícil en la medida en que los problemas del pasado se encaren exclusivamente en una orientación judicial o equivalente (justicia, castigo, etc.) No es posible ni bueno hacer abstracción de ese enfoque, pero la reconciliación tiene sus propios códigos y exigencias. Implica una valoración superior de la recomposición de una unidad nacional. Esa unidad, para ser genuina, debe ser de todos, aún de los enfrentados de ayer. Esto es lo que, muy probablemente, tenía presente el Presidente Vázquez en el mes de junio. Bajo ese tipo de inspiración se ubican las iniciativas similares de Presidentes anteriores, sobre todo de Jorge Batlle al crear la Comisión para la Paz. Otros dirigentes no lo han entendido.

No se debe abdicar de un sentido de justicia a restablecer, pero la reconciliación se construye a partir de otra búsqueda, la cual debe funcionar a la par. La justicia pone las cosas en su lugar: la reconciliación busca dar un lugar a todos, acercando a los que se enfrentaron. Nadie está obligado a disfrazarse y se hace vista gorda sobre los ropajes anteriores.

La aproximación reposa sobre el compromiso común de levantar una sociedad en el futuro en donde las diferencias no se tramiten por la fuerza sino por el derecho. En la coincidencia en ese principio se han de recoger todos los miembros de la sociedad. Esa es la única exigencia de la reconciliación.

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