JUAN MARTÍN POSADAS
No es razonable pretender dictar cátedra en asuntos que se conoce poco (aunque éste sea el gran deporte nacional). No soy experto en economía, pero advierto que la orientación económica que llevaba el gobierno está perdiendo serenidad. No soy entendido pero, como cualquier ciudadano atento, tengo perplejidades (que no me resuelve el discurso oficial), tengo ejemplos de países que me muestran a dónde conduce lo que aquí comienza, y tengo memoria. Vayamos por partes.
La economía del país, que venía navegando sin sobresaltos, ha entrado en una zona de turbulencias: el gobierno ha empezado a interferir en los precios y a alterar los equilibrios del mercado. Las preguntas y perplejidades que levanta este comportamiento del gobierno son de dos tipos. Uno: ¿en beneficio de quién se hace? No entro en la suspicacia y digo: para los más pobres. La otra pregunta: ¿son correctas estas medidas para alcanzar ese propósito? Porque uno ve que el gobierno toquetea el precio de la carne para que baje y, a la vez, toquetea el azúcar para que suba: hay un asado del Pepe más barato y una azúcar del Pepe más cara. ¿Saben lo que están haciendo o es pura buena voluntad?
La principal objeción teórica al dirigismo en la economía es que el gobernante o el burócrata que decide debe conocer y compatibilizar tanta información y tantos factores que, al final, se piala. Eso dice la teoría.
Pero, además de estas perplejidades, tenemos ejemplos para mirar y aprender. En la Argentina el gobierno toca los precios, maneja los reintegros, fija las tarifas (de las empresas privadas) y, al final de ese proceso (que también puedo conceder sea bienintencionado, con el único fin de abreviar el argumento) se le disparó la inflación y tuvo que mentir: le salió mal, está allí al lado, se puede revisar.
Pero, además, tengo memoria. Hay un chiste que dice: ¿por qué se casa el hombre? Por falta de experiencia. ¿Por qué se divorcia? Por falta de paciencia. ¿Y por qué se vuelve a casar? Por falta de memoria. El Uruguay vivió años de economía dirigida donde el gobierno tocaba y dirigía todo: los precios, los cupos, los subsidios, las excepciones, el valor de la moneda (mejor dicho: los valores de la moneda). En medio de esa minuciosa casuística (también bien intencionada) agonizó el país: se empobreció la gente, se fundió el estado, se paralizó la iniciativa privada y se corrompió la política. Los despojos de ese país terminaron atrayendo a la guerrilla y a la dictadura militar. ¡Yo tengo memoria!
Sin ser experto en economía ni nada, no puedo menos de levantar la voz para reclamarle al gobierno: ¡un momentito! ¿Por qué no me baja Usted el costo del estado en vez de forzar a la baja el precio de la carne o la harina o el arroz? ¡Con qué facilidad se mete en los molinos y cuánto le cuesta meterse en las oficinas públicas! ¿Con qué derecho se mete, no digo a bajar el precio sino siquiera a opinar sobre el precio de la carne o la harina cuando Usted me cobra la luz al precio que me la cobra (y además no cumple la ley de desmonopolización y está bloqueando otros generadores de electricidad)? ¡Resulta que la gente pobre pasa mal porque la carne o la verdura está cara y están preparando una reforma de la salud que le va a costar 6% de los ingresos a todo el mundo! La única intervención en la economía que le reconoceremos derecho a hacer al gobierno es la que se anime a introducir en su propio esquema económico (el presupuesto) y no en el esquema económico de la producción de los ciudadanos particulares.