GUILLERMO ZAPIOLA
Ha constituido un real impacto para Suecia y el mundo. A los 89 años falleció ayer Ingmar Bergman, una figura clave del cine y el teatro del siglo XX. Estaba en su casa en la isla de Farö, rodeado por familiares.
Su hija Eva dijo que fue "una muerte plácida y tranquila". Lo había visitado una semana antes, y ya había comprendido que se iba. "Era un hombre viejo que murió plácida y dulcemente en su cama, un viejo corazón que dejó de latir", añadió.
En un texto escrito en homenaje a Bergman hace ya bastante tiempo, cuando el maestro cumplió setenta años, Woody Allen señaló que existían tres clases de directores cinematográficos. En un primer nivel, los proveedores de buen entretenimiento, los sólidos artesanos que fabrican el mejor cine comercial. Por sobre ellos, los artistas personales, los creadores capaces de dejar un sello reconocible en lo que hacen. Por encima de ellos había uno solo: Ingmar Bergman. El Festival de Cannes también estuvieron de acuerdo, cuando al conmemorar su cincuentenario otorgaron a Bergman un premio especial honorífico como el cineasta más importante del último medio siglo.
Su carrera abarcó casi sesenta años. Nació en Upsala el 14 de julio de 1918, segundo hijo de un puritano pastor protestante. El entorno religioso en el que creció influyó decisivamente en su niñez y adolescencia, e incidiría luego en su obra artística, en la que asoman reiteradamente sentimientos de culpa, pecado y redención. Entrelazado con ese universo y a veces en pugna con él hay otro que lo atrajo toda su vida: el mundo del arte. Acaso gracias a este último no se convirtió, como alguien ha señalado ya, en un ministro religioso o un ignorado suicida.
DESARROLLO. A partir de los trece años estudió bachillerato en una escuela privada de Estocolmo, para luego licenciarse en Letras e Historia del Arte en la Universidad. Durante los años de la Segunda Guerra Mundial, ya distanciado de su familia, inició su carrera como ayudante de dirección en el Teatro de la Ópera Real de Estocolmo. Afortunadamente encontró en el teatro y luego en el cine los dos medios más apropiados para expresar su complejo mundo interior y su potencial creativo.
El amor y la muerte, la convivencia, Dios y el Demonio, el arte como tabla de salvación, lo acompañaron repetidamente en su teatro y su cine. También dispuso de actores fieles (Max von Sydow, Gunnar Björnstrand, Erland Josephson, Bibi y Harriet Andersson, Ingrid Thulin) y de un par de fotógrafos mayores (Gunnar Fischer, sobre todo Sven Nykvist).
En teatro tuvo sus preferencias, desde Strindberg a Sartre, que influirían en su obra cinematográfica, donde están las parejas conflictivas del primero y la visión del mundo como un infierno del segundo. Como director de cine debutó en 1945 con Crisis tras ser guionista para Alf Sjöberg, hizo al principio filmes románticos y rebeldes que enfrentaban a jóvenes parejas contra un mundo hostil, alcanzando una primera culminación en 1951 con Juventud divino tesoro.
Luego amplió sus preocupaciones existenciales hasta cuadros sobre la convivencia percibida como un infierno casi sartriano (Noche de circo, 1952 y otras), interrogantes metafísicas (El séptimo sello, 1957) y humanistas (Cuando huye el día, 1957), dudas sobre el silencio de Dios o su existencia (la trilogía de "films de cámara" integrada por Detrás de un vidrio oscuro, 1961, Luz de invierno, 1962, y El silencio, 1963), alguna exploración de las experiencias límite del dolor y la muerte (Gritos y susurros, 1973), algún intento no del todo satisfactorio de volcarse hacia lo político (las raíces del nazismo en El huevo de la serpiente, 1977).
En los años setenta, un conflicto con las autoridades impositivas lo de su país lo empujó al exilio y a lo que llamó "la peor experiencia de mi vida". Es significativo que fuera de Suecia haya realizado algunos de sus filmes más endebles.
De vuelta a su país pareció insinuado una suerte de reconciliación con el mundo y su propia historia, y haber alcanzado algún tipo de serenidad: la aceptación del misterio en Fanny y Alexander (1982), literalmente la fornicación con su vieja enemiga, la Muerte, con En presencia de un payaso (1996). Con Fanny y Alexander anunció que se retiraba del cine. Lo que hizo después, otros tres títulos, fueron en realidad telefilmes, pero uno de ellos por lo menos, justamente el último de todos (Saraband, 2003), no fue solamente una secuela de Escenas de la vida conyugal (1974) y una obra maestra, sino también una suerte de resumen de sus preocupaciones vitales. Se trató sin duda de una despedida mayor.
Las varias etapas en la evolución artística de un creador de primera línea
Juventud, divino tesoro | 1951
La novena película de Bergman, y quizás su primera obra maestra. Una bailarina lidia con el recuerdo de un trágico amor de juventud y la necesidad de seguir adelante, con un nivel de madurez que faltaba en títulos anteriores.
El séptimo sello | 1956
Un caballero regresa de las Cruzadas e inicia con la Muerte un juego de ajedrez que le prolongará la vida. Un giro en la carrera de Bergman, que se abre a temas de corte metafísico mientras reflexiona sobre el Apocalipsis (medieval, contemporáneo).
Persona | 1966
Tal vez el film más experimental de Bergman. La historia de transferencia de personalidades pretexta un ejercicio formal autoconsciente de que lo que hay en la pantalla no es la realidad sino una película, un juego de realidad e ilusión.
El huevo de la serpiente | 1977
Otro giro, éste más bien insatisfactorio, en la carrera de Bergman, El Maestro quiere salir de su "torre de marfil" y encarar una realidad más próxima (la Alemania que incubó a el Tercer Reich), pero la política no era lo suyo, y el resultado es muy obvio.
Fanny y Alexander | 1982
Vuelta de Bergman a Suecia tras algunos años de exilio, y un reencuentro con sus mejores niveles de creatividad. El testamento del cineasta, que anunció que se retiraba del cine aunque cumplió sólo a medias: luego hizo telefilmes.
Aquellos uruguayos que descubrieron al Maestro
No es una leyenda. Bergman fue conocido en el Uruguay antes de haberse hecho un real nombre en Europa, excepto obviamente en su propio país, Suecia.
No se trata necesariamente de que los uruguayos sean más listos que los habitantes de otros países, sino de una confluencia de azares afortunados. A comienzos de los años cincuenta, el Festival de Punta del Este era un referente a la vez turístico y cultural, varias películas de Bergman llegaron a él, y algunos críticos alertas (notoriamente Homero Alsina Thevenet y Emir Rodríguez Monegal), detectaron a un joven talento. Emir y Alsina publicarían en 1964 un libro Ingmar Bergman, un dramaturgo cinematográfico, que sigue figurando entre lo mejor que se haya escrito sobre el gran cineasta sueco en lengua castellana.
Rescate de momentos casi mágicos de una carrera magistral
JORGE ABBONDANZA
Túnel del tiempo. Hay que retroceder 55 años para encontrarse con el espejo en que se miraba Maj-Britt Nilsson en Juventud divino tesoro, para recordar la fascinación que produjo el descubrimiento de Ingmar Bergman en los espectadores de la época. Un espejo en el que se reflejaba algo más que el rostro de la actriz, y que era el filtro por el que se colaba un lenguaje poético que después crecería hasta la consagración mundial. El cine del director sueco embrujó a los públicos rioplatenses tres años antes de que atrapara al espectador europeo, y esa relación con un joven maestro demostró la etapa de apogeo cultural que se vivía en esta región del mundo, cuyos aficionados se asomaban también a las primicias de Kurosawa o Antonioni. Entre esos coetáneos, Bergman era el hechicero que dibujaba en blanco y negro las ilusiones rotas y los pesares de sus personajes.
Después pasó medio siglo en el que Bergman envejeció y siguió perforando el silencio, los gritos y los susurros de tantas criaturas de ficción a través de imágenes donde se depositó el gesto de Ingrid Thulin, Liv Ullmann o Harriet Andersson. Ver sus películas fue una experiencia reveladora que conviene registrar ahora que el hombre ha muerto y que por fin está a salvo de la angustia que acompaña a todo pasajero de esta Tierra. La memoria mantiene intacto el efecto de la que, a juicio de este cronista fue una culminación de esa fantástica carrera. Se llamaba Cuando huye el día, y en el mejor momento de su relato el viejo protagonista apoyaba su cabeza en la almohada y lograba recordar la cara de su madre. Hubo pocos momentos como ese en el cine.