Maracaibo EDWARD PIÑÓN
La tristeza por el impacto sufrido brotó como un manantial e inundó cada uno de los ojos y rostros de los jugadores uruguayos. Las lágrimas de emoción que se habían derramado tras el gol que permitió el empate a dos tantos se transformaron por las de impotencia, bronca y la agria sensación de que faltó un centímetro nada más para meterse en la final.
Las cabezas hundiéndose lo máximo posible, casi permitiendo que el mentón pegara en el pecho, para evitar ser vistos por la gente y los periodistas, fue el común denominador de una marcha lenta y dolorosa hacia la unidad de transporte que los esperó afuera del "Pachencho" Romero.
Los gritos desde arriba de la tribuna de unos cinco uruguayos que mandaron su mensaje de aliento casi fueron imperceptibles para los oídos de aquellos que todavía retenían el cruel festejo brasileño.
Apenas Fabián Canobbio levantó la vista y el pulgar derecho para corresponder a ese amor, el "¡vamo`arriba Uruguay. De pie, Uruguay, de pie!", retumbó en la inmensidad de una playa de estacionamiento ya casi desierta.
"Siempre lo mismo con este juez. Nos cocinó a fuego lento y no vio cómo se adelantó el arquero en el último penal", vociferó con su garganta cascoteada el "Pato" Celeste a un periodista colombiano que procuró encontrar críticas hacia el arbitraje, pero ningún jugador se detuvo a ofrecerle su apreciación de los hechos.
En la puerta de la zona mixta montada especialmente para los enviados uruguayos, dos funcionarios del comité organizador local transmitían su apoyo e intentaban convencer que habían estado a favor de los celestes.
La imagen que antes había ofrecido el "Pachencho" Romero fue muy diferente. Brasil recibió el multitudinario apoyo de los venezolanos, los que festejaron los goles y los penales como si hubiesen sido convertidos por Juan Arango.
Quizás el único momento de adhesión a la gloriosa camiseta color cielo fue cuando llegó el tanto de Sebastián Abreu, porque allí comprobaron que la historia que dice que Uruguay no se rinde hasta el último minuto no es un invento. Antes y después todo fue brasileño. Con tanto Carnaval en las tribunas como puede verse en propio suelo norteño. Con samba y camisetas convirtiendo a las tribunas en parte del show, del espectáculo que se montó para que Maracaibo demostrara que su afición es tan o más futbolera que la de Táchira o Mérida.
El ómnibus emprendió la marcha y los jugadores no fueron capaces de mirar para afuera. La mirada sigue perdida. El perfil de Diego Lugano es el cuadro perfecto para entender qué pasó la noche del 10 de julio en Maracaibo. Uruguay cayó de pie y estuvo a un centímetro de la final.