Dueño del año por destrozo

La final del Clausura la ganó por penales, pero puso coraje para afrontar el remate con uno menos

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Gerardo Pérez

EDWARD PIÑÓN

No fue el Danubio y su ballet, porque anoche se vio obligado a correr y meter por culpa de la falta de profundidad que le faltó a su juego y por la expulsión de Hamilton Ricard, pero se llevó la última copa que le faltaba del año. Y es justo, en definitiva, con lo que hizo a lo largo y ancho del torneo.

Danubio rompió todo. Hizo historia en materia de números y se llenó de orgullo porque en su vida ya incluye dos finales ganadas contra los grandes.

O sea, lo de la Curva de Maroñas no es otra cosa que el premio a una proyección de club y a una identificación de sus jugadores con la camiseta.

Alcanza con recordar el festejo de Ignacio González tras la conversión del penal para entender ese punto.

Ayer, a la hora de jugar, recién pudo poner algo de su sello en los primeros cinco minutos del alargue, cuando acribilló por la velocidad de Mena y fusiló dos veces a Juan Castillo.

Ese fue el Danubio agresivo, el de dominio futbolístico que hizo pensar que la diferencia con Peñarol era abismal.

Antes, por la decisión de su técnico Gustavo Matosas de quitar del mediocampo a Raúl Ferro, las piernas aurinegras cerraron fronteras y no tuvieron gran desgaste en el frente a frente.

Además, el toque danubiano fue muy lateralizado. Fueron de América para Olímpica y no lograron quebrar la resistencia o encontrar el hueco para filtrarse.

Por más que Arriaga inquietó en algún pique, la zaga aurinegra -especialmente Paolo Montero- le tomó los puntos a Ricard y lo de Danubio fue bueno pero sin peso.

El partido comenzó a transitar por el va y viene sin amenazar con un movimiento en el marcador. Porque mientras de un lado había que burlar la contención de muchas piernas y todavía quedaba en el fondo un arquerazo, del otro no había ni una sola idea para llegar hasta Conde.

Pelotazos para Vigneri, absorvido por Lima. Poco discernimiento de Juan Manuel Ortiz y nada de juego, en consecuencia para el brasileño Silvio Mendes.

Entonces, Peñarol llegó al gol de la única forma que podía hacerlo por medio de un centro. Lo increíble es que nadie se puso delante del envío de Egidio Arévalo Ríos y la pelota terminó adentro del arco.

El 1-0 pareció congelar a los de la franja, pero Matosas reaccionó. Y aunque sacó de la cancha a Grosmüller, que no era de los peores, le dio a su equipo la velocidad que precisaba para explotar las carencias defensivas de Lemes.

Por ahí arremetió Mena, por ahí se proyectó mejor Lima y Danubio puso en la cancha la cuota de sacrificio que precisaba para impedir que se le escapara el Clausura.

El gol llegó tras un lateral que Viera (el monumento de la noche) peinó para el medio del área. Ricard reventó la red y la historia cambió otra vez.

La roja al colombiano pareció liquidar a los de la franja, pero hubo coraje y, especialmente, capacidad individual para sobrellevar la carga del partido.

En los penales hubo de todo, pero al final se hizo justicia con el elenco que merecía quedarse con el Campeonato Uruguayo. Porque este reglamento de definiciones podría haber dejado con las manos vacías al conjunto que ya tenía en sus vitrinas el rótulo de campeón de la Anual.

Ganó Danubio. Ganó Matosas. Ganó la dirigencia que proyectó hacia el futuro al club.

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