María Eugenia Lima
A las 16 sonaron las campanas en la Catedral de Montevideo. Al mismo tiempo comenzó la misa para celebrar la muerte de Cristo. Unos 150 fieles esperaban sentados en las dos hileras de bancos, otros parados por opción, no por falta de lugar.
El olor a romero y olivo era bastante fuerte. Un sacerdote empezó a hablar en el púlpito: "De rodillas, empecemos en silencio". Los fieles se arrodillaron. En ese momento el arzobispo de Montevideo, Nicolás Cotugno, ingresó al salón principal rodeado por 13 ministros entre sacerdotes y ayudantes, vestidos con pulcras túnicas blancas. Cotugno resaltaba con su indumentaria bordó.
Recorrieron solemnemente el pasillo izquierdo de la Catedral hasta llegar al pasaje del medio de las hileras de bancos por donde llegaron a la plataforma central.
Antes de subir al púlpito, los ministros y el arzobispo se acostaron boca abajo frente a la imagen de Jesús. Cotugno en el centro. Estuvieron en el suelo unos segundos; se levantaron, subieron a la plataforma; se sentaron mirando a los fieles.
En medio de feligreses que entraban y salían de la Catedral comenzó a hablar un sacerdote. Leyó el libro de Isaías. Luego otro ministro cantó: "Padre en tus manos encomiendo mi espíritu". Los fieles acompañaban el canto, que sólo se veía interrumpido por algunos rings tones de celulares y voces de niños pequeños que jugaban en los pasillos. La mayoría de los asistentes eran mujeres mayores de 50 años. Había niños, algunos adolescentes, y faltaba la franja de los adultos jóvenes.
"Pongámonos de pie", dijo un sacerdote. En ese momento comenzó la lectura del Evangelio de San Juan. El relato de cómo murió Jesús fue realizado entre dos ministros y el arzobispo. Fue interpretado como una obra de teatro. Dos representaban a un personaje y otro hacía la narración. Cotugno era Jesús. En esta "actuación" -que se limitó a las palabras- dijeron, entre otras cosas, que Jesús dijo que era el rey de los judíos.
El narrador contó que Pilatos sostuvo que no encontraba culpa en Jesús y los judíos dijeron que debía ser crucificado porque el único rey era el César.
Después de la interpretación todos se arrodillaron, incluido Cotugno, mirando la imagen de Jesús. El arzobispo comenzó su mensaje explicando por qué se acostaron en el suelo al principio de la misa: "La única actitud que cabe ante la muerte de Cristo es postrarse".
Al final de sus palabras el arzobispo invitó a los fieles a que asistan a la Catedral hoy a las 23 horas para hacer la "vigilia pascual por la resurrección del Señor". Cotugno terminó con una oración. Pidió a los fieles orar por el papa Benedicto XVI "para que el Señor lo guíe como su representante en la tierra".
A las 17 horas dos ayudantes con velas caminaron por el pasillo central, precedían a un sacerdote que llevaba a Cristo crucificado. Colocaron la cruz en la plataforma sobre una mesa. Cotugno se paró frente a ella, se arrodilló y luego besó los pies de Cristo. Lo mismo hicieron los ministros y luego la mayoría de los fieles presentes.
"Padre nuestro que estás en los cielos...", fue lo que dijo Cotugno frente a la copa dorada llena de hostias. Comió una y luego las repartió a los ministros y a los fieles, dando fin a la celebración de una hora y media. A la salida del templo dos señoras recolectaron dinero. No estaban solas. Había dos niños que también pedían monedas a los fieles para dárselas a su madre que estaba sentada en el escalón de entrada. A las 19 se hizo el Vía Crucis del Cerro, al que Cotugno no asistió.
Interpretar: Cotugno y ministros representaron la muerte de Jesús sólo a través del relato
La fe que da de comer a los vendedores
MONTEVIDEO Ana "La Faraona" vende religiosamente cada Semana Santa, desde hace 28 años, ramas de olivo, romero, palmas, trigo, alpiste y lágrimas de la virgen.
Los fieles la encuentran siempre los Domingos de Ramos, el jueves y el Viernes Santo ofreciendo estas plantas cargadas de simbolismo para los Católicos. Ayer estaba en la vereda de la Catedral; los yuyos expuestos sobre trapos y en baldes colocados en la acera.
Ana contó que las lágrimas de la virgen representan a San Pancracio. El olivo es la planta que fue utilizada para hacer la corona que le pusieron a Jesús en la cabeza durante su crucifixión. La espiga de trigo simboliza al pan que dio Jesús. Las palmas fue con lo que los fieles dieron aire a Cristo durante su calvario.
El ramito de trigo que vende Ana tiene siete espigas, una para cada día de la Semana Santa. Cada ramo cuesta entre $ 10 y $ 15.
"La Faraona" dijo que años antes el negocio era más rentable. Pero desde que las florerías subieron los costos de los yuyos no gana tanto porque no puede subir el precio a los fieles ya que no vendería.
En la Catedral muchos feligreses tenían espigas, olivo o lágrimas de la virgen. María Angélica Sosa fue una de las católicas que asistió ayer a la Catedral. En el bolso tenía romero que le habían bendecido en el Domingo de Ramos. Contó que después en su casa coloca las ramitas en las imágenes de Jesús o de santos.
Había otro vendedor de estos yuyos en la vereda de la Catedral. También un hombre en otro puesto ofrecía velas de colores con ángeles y santos grabados como San Expedito o San Pancracio. Costaban $ 60, $ 70 y $ 80.
Noelia estaba vendiendo ayer estampitas, rosarios y crucifijos en un puesto que está en el hall de la Catedral. Están abiertos de lunes a viernes de 9 a 17 horas. Sin embargo, la vendedora destacó que en Semana Santa las ventas son más importantes. Una señora se le acercó para comprar estampitas de santos. Antes de elegir alguna preguntó si estaban bendecidas. Noelia le contestó que sí. La mujer compró varias de distintos santos.