Alejándose

Los técnicos de la Dirección Nacional de Migraciones están sorprendidos, porque en el curso del año 2006 unos 17.500 uruguayos se fueron del país. Esa cifra resulta no sólo inesperada sino también inexplicable, dado que en 2004 los emigrantes fueron 7.148 y en 2005 totalizaron 8.962, de manera que en 2006 la cantidad se duplicó sin que existan razones claras que expliquen semejante aumento. Un dramático pico en la materia se había alcanzado durante el quebranto financiero de 2002, ya que a lo largo de ese año y del siguiente hubo 52.000 uruguayos que abandonaron el país. Era el período en que se formaban interminables colas de postulantes frente al consulado de ciertos países como Italia o España, pero había un motivo bien definido para ello.

Ahora ha vuelto a darse el ritmo migratorio que ya se registró en el año 2000, cuando unos 18.000 compatriotas se mudaron al exterior, proceso que en la actualidad confiere al Uruguay el poco envidiable rótulo de ser uno de los países del mundo con mayor porcentaje de población (alrededor del 14 por ciento) radicado fuera de sus fronteras. Entre las probables razones del rebrote de 2006, se baraja la posibilidad de que muchos uruguayos que viven en España, por ejemplo, hayan regresado a nuestro país durante el año pasado para volver a irse, pero esta vez con el resto de sus familias, posibilidad que se analiza.

Porque, según señalan los expertos, "la situación actual del país, donde disminuye el desempleo y no existe una crisis económica" no parece justificar el incremento de la emigración. Esos especialistas agregan que "el panorama es hoy completamente diferente del cuadro que teníamos hace un tiempo", pero añaden que "también es diferente la situación de los países de destino", dos de los cuales (EE.UU. y España) son las principales metas elegidas por los emigrantes uruguayos. Porque los extranjeros residentes en Estados Unidos sufren mayores controles sobre su situación y sus papeles, mientras en España el panorama laboral se ha vuelto más difícil que en años anteriores para los recién llegados. Claro que los destinos preferenciales no se agotan en esos dos, ya que también hay países receptores más cercanos como Brasil y Argentina.

Un dato adicional para esa preocupación es el perfil mayoritario de los que emigran. Se trata de "hombres jóvenes con un nivel educativo que varía entre medio y alto", lo cual confiere a la corriente un carácter selectivo que empobrece doblemente al Uruguay, aunque no se trate de un dato novedoso. Esa gente, provista del mencionado respaldo formativo, es la que tiene más aspiraciones, más impaciencia ante ciertas precariedades del medio local y más posibilidades para competir ventajosamente en los mercados hacia los cuales se dirige. Por ejemplo, Brasil figura como "el país receptor mayoritario en la región" y está comprobado que hacia allí va "la gente con estudios más calificados en busca de una mejor remuneración".

El crecimiento migratorio de 2006 puede obedecer a razones menos concretas que la desocupación o la economía uruguaya. También puede influir el viejo desencanto de las últimas generaciones ante el deterioro general del país, que junto a la declinación en el nivel de vida de muchos grupos familiares ha provocado un clima de desánimo colectivo persistente, con altibajos pero sin recuperación de la antigua estabilidad, desde los años 60 hasta hoy, período en el que se sumó el peso de la fractura institucional, la intolerancia política y los enfrentamientos ideológicos. Los uruguayos no han salido por completo de ese dilatado trauma y una de sus consecuencias es el impulso migratorio, que parece una forma de dejar atrás esa realidad ingrata, bajo la presión de estados de espíritu heredados de la generación anterior y también soportados por los jóvenes de hoy.

Igualmente difícil ha sido desarraigar el mito de la esplendorosa oferta que lucen a la distancia las sociedades receptoras de emigrantes. Llegar a esas sociedades implica descubrir rasgos menos alentadores, como los índices locales de desempleo, los matices de xenofobia, los brotes de explotación y la dureza de una competencia más numerosa y mejor preparada. Pero mientras el Uruguay siga siendo un lugar donde la recuperación laboral es dificultosa, donde la voracidad recaudadora del Estado resulta mucho mayor que los estímulos ambientales, donde el promedio de las retribuciones es bajo, donde los beneficios de la modernidad son escasos, donde la letanía política ocupa más sitio que las gratificaciones económicas y donde el clima cultural es cada día más chato y pueblerino, el desfile de la emigración no se interrumpirá.

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