Si está caminando y es de día, no hable con extraños; si es de noche, no camine solo. Si está oscuro y está manejando y el tráfico lo permite, no obedezca los semáforos en rojo. Estas recomendaciones, muestran el grado de inseguridad en Brasil.
A veces, ni siquiera eso es suficiente y solo juega el azar. Las ediciones de ayer de tres de los principales diarios brasileños, O Globo de Rio de Janeiro y los paulistas Folha y Estado, presentaban la misma foto principal: el primer plano desgarrado de una mujer negra. Se llama Edna Ezequiel y es una empleada doméstica de 29 años. Su hija Alana, de 13, murió de un balazo durante un enfrentamiento entre traficantes de drogas y policías militares en Vila Isabel, al norte de Rio de Janeiro. Es una tragedia repetida. Un relevamiento realizado por la Rede Globo mostró que cada dos días un carioca es alcanzado por una bala perdida.
Si se toman los asesinatos como parámetro, Brasil es el cuarto país más violento del mundo. Tiene una tasa de 27,2 homicidios cada 100 mil habitantes. La situación llevó a que Amnistía Internacional emitiera ayer un comunicado en el que instó al presidente brasileño Luiz Inacio Lula da Silva, y a los gobernadores de San Pablo y Rio de Janeiro, José Serra y Sergio Cabral, a poner en marcha reformas en materia de seguridad que permitan abordar las raíces de la violencia.
En Rio de Janeiro, fuerzas de elite comenzaron a trabajar con los efectivos estatales para combatir las bandas de traficantes en las favelas. Pero el modus operandi policial provoca que para el común de los cariocas, sobre todo los más pobres, no quede claro a quién hay que temerle más.
En San Pablo, al accionar de grupos mafiosos, como el PCC, se le suma la presencia de "comandos de exterminio", preocupados en eliminar a jóvenes de zonas pobres. Sin embargo, no es en las grandes poblaciones donde las tasas de homicidio suben al techo.
Según un estudio oficial divulgado en febrero, mientras las grandes urbes lograron estabilizar (y en el caso de San Pablo reducir) la criminalidad, es en poblaciones pequeñas y rurales donde la ley de impunidad sigue vigente. Hoy el peor lugar para vivir en Brasil es Colniza, una ciudad de 12.400 habitantes en Mato Grosso. Su tasa de homicidios es de 165,3 cada 100 mil personas.
El sociólogo Gláucio Soares, especialista en cuestiones de seguridad, dijo a El País que una solución cortoplacista debería basarse en lo ocurrido recientemente en San Pablo. Como el experto detalla en su blog (ver nota aparte), una mezcla de políticas "progresistas" con otras conservadoras, aplicadas a los servicios policiales, sociales y carcelario, permitió un descenso marcado de los homicidios. Una solución a más largo plazo, añadió, sería abatir la desigual distribución de la riqueza de un país donde, según un informe de 2005, el 1% más rico tiene ingresos que equivalen a los del 50% más pobre. Casi nada.
Las cifras
4° Lugar en el ranking de violencia de Brasil tomando en cuenta la tasa de homicidios; lo superan Colombia, Rusia y Venezuela
2° Ubicación de Brasil en otro "ranking", de desigualdad en la distribución de la riqueza; solo lo supera Sierra Leona.
Incitación a cargo de amnistía
"Desde la violencia criminal extrema que devasta las ciudades brasileñas, hasta el aumento del número de grupos parapoliciales que cubren el vacío dejado por las autoridades, poco o nada se ha hecho para resolver la discriminación social, la corrupción y las violaciones de derechos humanos que están en el centro del sistema de seguridad pública del país. (...) Para erradicar la violencia criminal y policial de los centros urbanos de Brasil, es preciso ocuparse urgentemente de la seguridad pública en el sentido más amplio del término. Solo a través de políticas inclusivas de sanidad, salud, educación y profesionalización de la actuación policial, encaminadas a integrar zonas que se han desprendido de la órbita estatal, se podrán conseguir avances a largo plazo. (...) La violencia urbana no solo le cuesta al país decenas de miles de vidas jóvenes cada año, sino que además condena a millones a mayores niveles de pobreza", dijo Irene Khan, secretaria general de Amnistía Internacional.