Norberto Bobbio recuerda que las Constituciones de los actuales Estados democráticos nacieron de una lucha entre los ciudadanos con el Estado y contra quienes, habiendo conquistado el más alto Poder sobre los hombres, eran los únicos que estaban en condiciones de abusar de él. "Las Constituciones, -dice- son el resultado de una conquista lenta y gradual de libertades aisladas, de esferas cada vez más amplias de acción en las que el ciudadano puede determinar su conducta sin seguir otra norma que la dictada por su conciencia". Representaron, pues, la garantía ante los desbordes de los Gobiernos y de aquellos que los ejercían.
Con el transcurso del tiempo, los mismos ciudadanos y algunos gobernantes se transformaron en los responsables de debilitarlas, cuando no de agredirlas groseramente, ya sea prestando unos su conformidad a las reformas que les presentaron y los otros por medios de acción directos. Es lo que acaba de ocurrir, para citar dos ejemplos recientes, en la Venezuela de Chávez e incluso en nuestro país con la designación de una Fiscal de Gobierno de facto, ofreciéndose de esa manera el raro fenómeno que a veces es de ambos, -pueblo y Gobierno-, que hay que defenderlas. Debe tenerse por lo tanto mucho cuidado con las reformas y con los precios políticos que se manejen entre los que quieren introducirlas y los que no están de acuerdo en que se produzcan.
Teniendo en cuenta sólo tiempos de normalidad, es oportuno recordar que en el Uruguay han regido seis Constituciones y ocho reformas. La de 1830, con una breve cambio en 1912, estuvo redactada sobre la base de 158 artículos y se mantuvo durante ochenta y ocho años; la de 1918, con 178 artículos, ya fue objeto de dos reformas, en 1930 y en 1932, estando vigente dieciséis años y la de 1934, que fuera objeto de una modificación más amplia en 1938, se llevó a 284 artículos y rigió sólo durante ocho años. La de 1942, por su parte, con 282 artículos, pudo sobrevivir diez años; la de 1952, con 332 artículos, alcanzó los catorce y la de 1967, pese a su accidentada madurez de cuarenta años, ha sido objeto ya de cuatro reformas: en 1989, 1994, 1996 y 2004. La cuestión ha sido más agresiva en los golpes que se le dirigieran por la puerta de atrás a través de las "Disposiciones Transitorias y Especiales" con que se cierran. Inexistentes en la Carta de 1830, aparecieron en un número de diez en la de 1918 (letras A a J), se elevaron a doce en la de 1934; se le agregaron cinco en la reforma de 1938; se redujeron a siete en la de 1942 pero se fueron a veintiuna en la de 1952, a veintidós en la de 1967 y en las cuatro reformas posteriores desbordaron el abecedario, hasta llegar a la Z` y Z`` en el 2004. Terminaron faltando letras para utilizar debiendo agregarse con ingenio dos apéndices a la última. Todo esto parece poco serio ya que, sin adherirse a la tesis de las Constituciones intocables, no por ello hay que pasar a la costumbre de las Constituciones manoseables.
Es de esperar, por lo tanto, que la Carta nacida en 1830 con los mejores propósitos, tal como fueran expresados por José Ellauri cuando reclamó que se consultara "detenidamente la prudencia" para "la aplicación más adecuada y conveniente de los principios (en ella) consagrados", no termine algún día convertida en el harapo que es hoy la venezolana de enero de 1822, proclamada después del triunfo de Bolívar en la batalla de Carabobo y que no tiene nada que ver ni con la letra ni con el espíritu del Libertador.
La primera de las nuestras fue el resultado de "una elaboración lenta y con el concurso de un aprendizaje adquirido en durísimas pruebas", como lo recuerda Francisco Bauzá, lo que no impidió que varias de las posteriores hayan sido objeto de groseras agresiones que los pueblos debieron padecer. Superada la noche, no es ocioso, pues, llamar la atención sobre los riesgos de los ataques indirectos, y la necesidad de analizar con sabiduría los eventuales cambios a introducir. El juramento de fidelidad que los uruguayos prestaran a la Carta de 1830, a requerimiento del Alcalde Mayor, en la Plaza Matriz, el mediodía de un soleado 18 de julio, terminaba con la frase: "Si así lo hicierais, Dios os ayudará, si no, El y la Patria os lo demandará", comprometiendo no sólo a los allí presentes, sino también -en los grandes principios-, a todas las generaciones por venir, lo que nos obliga por siempre a ser prudentes en las decisiones a adoptar.
Si no lo hacemos, alguien nos lo va a demandar.