JOSÉ MASTANDREA
En el fútbol, como en cualquier otro negocio, el que pone más dinero es el que se queda con la mercadería.
En el caso Cavani fue así. Eso fue lo que sucedió. Que no hablen de secuestro, de traición, de mentiras ni de otras yerbas.
El pase se hizo ante una propuesta mejor para el futbolista y también para el club.
Y que me perdonen los empresarios. Porque ni Pablo Bentancur, ni Gerardo Rabajda, ni Enrique Espert, ni Edgar Parnás ni Daniel Fonseca lograron un pase como el que finalmente logró el empresario italiano Pierre Paolo Trulsi.
El botija sigue teniendo al mismo representante desde 1996. No cambió ni lo dejó de lado cuando empezaron a llover las ofertas por su ficha. No se mareó ni se dejó llevar por lo que le decían los demás. Siguió siéndole fiel a su amigo, a quien confió en sus condiciones desde que lo vio cuando nadie había puesto un ojo sobre él.
El pase de Cavani al Palermo desató una tormenta con matracas (perdón al Cr. Damiani por utilizar su frase de cabecera) pero es lo que pasó.
Y en Danubio sabían perfectamente que iba a ser así. Que el jugador iba a aceptar la mejor propuesta, la oferta más importante, la que le permitiera crecer futbolística y económicamente. Y la del Palermo fue la que superó a las demás. Y fue concreta.
Hoy Cavani disfruta del momento con su gente. Con su familia, con sus amigos de la infancia en su Salto natal. Lo tiene merecido.
Con 19 años bancó lo que nadie. Y dejó todo por la selección. Que conste.