Una renuncia urgente

SEBASTIÁN DA SILVA

Cuanto duraría en su cargo un ministro de Ganadería si ante un foco de aftosa se deriva su responsabilidad a otra secretaría de estado, o el de Salud Pública si frente a una epidemia de hepatitis no asumiera su competencia. En Uruguay desde que se lo conoce como nación independiente la respuesta era más que obvia, ahora en la era progresista todo es relativo.

Cualquier militante incipiente, periodista novato o estudiante de primer año de facultad reconoce la importancia de los ministerios llamados políticos por definición; Defensa que garantiza la integridad territorial y el ejercicio pleno de nuestra soberanía, Interior que garantiza el Estado de Derecho y sus principios esenciales: libertad, cumplimiento de las leyes, auxiliar de la justicia y orden público interno con la Policía a su cargo; y Relaciones Exteriores que se encarga del relacionamiento internacional.

Sobre estos tres pilares se constituye la llamada delegación de autoridad de la ciudadanía hacia los gobiernos para poder desarrollarse en un marco de tranquilidad; después surgen los ministerios técnicos abocados cada uno de ellos a su tarea específica. La figura del Canciller tiene además, reconocimiento internacional, según los tratados en la materia es quien comparte junto al Presidente la representación del país en el exterior, su sola firma en un acuerdo compromete al Estado en asuntos con terceros y su opinión es tomada en cuenta en el exterior como la opinión nacional.

El actual encargado de la Cancillería es todo lo contrario. En sus dos años de gestión Gargano ha sido ninguneado en todos y cada uno de los aspectos trascendentes de la ambivalente política exterior frenteamplista. En ocasiones no aparece y en otras contradice lo que eventualmente sería la posición oficial del Gobierno.

Quedó afuera de las negociaciones iniciales con Argentina, , cuando se critica al Mercosur, y con razón, este hombre lo defiende ipso facto, no participó en la estrategia para La Haya en la primera instancia de las demandas argentinas, le faltó el respeto al propio Presidente cuando la famosa frase del tren dejando a la respetada tradición internacional del Uruguay en la misma condición de un cuplé de murguistas.

Fue uno de los principales abanderados de no firmar un TLC con Estados Unidos estando de cuerpo presente en el propio Salón Oval de la Casa Blanca, es relegado por su tercero en las delicadas negociaciones con el facilitador de la Casa Real española, y por si fuera poco no tuvo la deferencia de aunque sea aparecer en la reciente firma del TIFA. Lo único que se recuerda de su gestión fue la lamentable inclusión del populismo Chavista en el Mercosur o la triste equivocación de pedir a la Haya una medida cautelar por los cortes de los puentes.

Estamos cansados de pedir su renuncia, nuestra desesperación aumenta cuando se lo escucha hablar de sus aciertos al frente de la Cancillería o vemos como la representación internacional del Uruguay es delegada ostensiblemente a Lepra, Astori o el propio Fernández.

La lógica de la redondilla del comité de base, del equilibrio político, de tener a los caciques sectoriales dentro del gabinete ha sido más fuerte que la indiscutible coherencia que debe prevalecer en las relaciones internacionales, máxime cuando éstas están en la delicada situación actual.

El gobierno ahora tiene la palabra.

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