Un día una persona iba caminando cerca de un abismo en lo alto de un cerro. Fue a mirar para abajo, para contemplar el gigantesco pozo, de cientos de metros de profundidad, que se abría ante sus ojos, cuando tropezó y comenzó una caída libre. Tuvo suerte. A poco de iniciar el vuelo pudo agarrarse de un tronco ubicado en la ladera del promontorio. Y allí quedó colgado.
Comenzó entonces a gritar: "¡¿Hay alguien allí arriba?!"
Luego de un breve tiempo sintió, que desde lo alto una voz le contestaba: "Soltate y dejate caer que no te va a pasar nada".
Y vos: ¿quién sos? - contestó el accidentado.
Soy Dios, acaso no me conocés - recibió por respuesta.
Si, ¡claro que te conozco!, pero igual, ¿por favor decíme: ¿hay alguien más allí arriba? - fue a su vez la contestación del protagonista que se agarró con más fuerzas al tronco que contenía su caída.
Este relato lo he escuchado en oportunidades en las que se ha querido subrayar la importancia de tener sentido crítico y no dejarse llevar así porque sí, por las verdades reveladas.
Probablemente -tanto en el campo humanístico, como en el científico- la capacidad para construir libremente las propias convicciones y asumir decisiones, en base a la inteligencia y el conocimiento natural y adquirido, sea uno de los dones más inapreciables con que puede contar un ser humano, para desenvolverse en la vida. Por este criterio pasa la construcción de sociedades libres -democráticas- a las que sólo se les puede concebir, asentadas en un universo de mujeres y hombres libres.
Las sectas religiosas dogmáticas y los regímenes políticos autoritarios y totalitarios, lo primero que tratan es anular intelectual y espiritualmente a la gente, separarla de sus afectos y de su medio de habitación habitual, y tratar de registrar en la mente de los miembros voluntarios y militantes y de las masas, verdades rígidas, que no admiten discusión y que conducen al sometimiento y la dominación ajena.
Las juventudes hitleristas, niñas y niños sometidos -especialmente notables cuando el martirio brutal e inútil a la caída de Berlín- y los infantes y adolescentes militarizados de los regímenes y partidos comunista, son buena expresión de lo que viene de expresarse.
Los pueblos dominados y cautivos, que llegan a tales situaciones -en muchas oportunidades merced al voto popular emitido en elecciones democráticas- son producto final de un proceso que pasa por la supresión de todas las libertades. Y, naturalmente que estos procesos, a lo primero que apuntan es a controlar la educación y los medios de prensa, vehículos fundamentales para la capacidad crítica y la formación de una opinión independiente.
En nuestro país, la decisión de integrar a los planes de estudio de niños y adolescentes la historia contemporánea, escrita por militantes políticos notorios -que además viven de la enseñanza de la historia-, que tienen su visión parcializada de los hechos, es un despropósito.
Solamente admisible a partir de una actitud política imbuída de prejuicios ideológicos y proselitistas fácilmente identificables. Y se trata de una acto de deshonestidad mayúscula: usar instituciones y fondos públicos para orientar sesgadamente a la opinión de personas que por estarse iniciando en la vida, no tienen sentido crítico.
La Historia la pueden escribir quienes no han sido contemporáneos y militantes en relación con los hechos que investigan. Con objetividad científica.
No es el caso del CODICEN y sus profesores predilectos.
RICARDO REILLY SALAVERRI