Jueves | 25.01.2007
Montevideo, Uruguay | 15:30
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las columnas
La moral justicialista vista desde este lado

MIGUEL CARBAJAL

Es una mujer de genio rápido que a veces se desubica y habla como el oráculo. Ajena al peronismo Mirtha Legrand ha sido siempre muy sensata en sus vinculaciones con el Uruguay. Luisito de María le había construido una suite cuando todavía no se había levantado el mito de José Ignacio que ella misma ayudó a erigir. Desde entonces menciona insistentemente el sitio en sus programas, le manda besos a su casera y demuestra su predilección por el Uruguay. Puede hacerlo públicamente porque es un mito argentino de pie al que no le pueden reprochar nada. Es más elusivo Tinelli, que comparte escenario veraniego, ha contratado a numerosos uruguayos en sus programas, pero mantiene un perfil bajo cuando habla de sus vacaciones atlánticas. No se esconde, pero casi. Es un conspicuo habitante del lugar pero hay códigos que un argentino de la calle, un justicialista en barbecho, no puede romper.

El nacionalismo ha dificultado las relaciones rioplatenses a niveles inimaginables. Las últimas generaciones no vivieron los años duros del peronismo militante, cuando un levantamiento contra el líder populista derivó en que el Uruguay le concediera el derecho de asilo a los revoltosos, con un aire independentista y una soberbia impensables hoy día. Aunque la memoria resulta frágil el antiperonismo resultaba un elemento "chic" en esos días. Entre que había que acoger con los brazos abiertos a esos "pobres muchachos exiliados", y la radio, un medio persuasivo y monopólico entonces, revelaban los autoritarismos y desbordes de Perón, el uruguayo promedio veía al justicialismo como un mal bicho. Mientras tanto Punta del Este era un desierto, (o un paraíso) pero el turismo no era visto como un elemento de producción sino como un pasatiempo. En realidad, empujado por la fuerza de radio Carve, el rioplatense no hacía otra cosa que lamentar los vejámenes a que era sometida por Stroessner la emisora Exelsior de Asunción del Paraguay; y escandalizarse un poco con las andanzas en motoneta, acompañado de adolescentes en calcetines blancos, del viudo de Evita. Cuando un levantamiento militar disfrazado de Revolución Libertadora se levantó para derrocar a Perón, Montevideo salió a la calle para celebrar, sin advertir que festejaba un acto golpista. 50 años después, Uruguay sigue creyendo que el justicialismo es un mal bicho. No se ha avanzado nada en términos de ciencia política o civismo. En las décadas posteriores se recompuso el entramado de las relaciones sociales entre los habitantes de ambas márgenes del Plata. En base a la idea pretenciosa, la hermandad se reconstruyó en torno a un espejismo: los argentinos nos querían más de lo que los uruguayos los queremos a ellos. Acostumbrados a disfrutar la titularidad del bien, el argentino no supo advertir que se le perdonaba, e incluso celebraba, la condición de argentino, pero se le reprochaba e incluso repudiaba la moral justicialista.

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