En la mayoría de las familias, es la señora de la casa (utilizando el término señora en su sentido clásico de "poseedora de estados y lugares con dominio y jurisdicción") quien se encarga de la administración del hogar.
Las vacaciones veraniegas son una buena oportunidad para que la otra mitad del equipo familiar se ponga al día con las crudas realidades de la vida cotidiana.
Es un espectáculo que puede amilanar aún al más fogueado guerrero urbano.
Una de las experiencias reveladoras es el bombardeo de las facturas de la Intendencia, seguidas por las gabelas que nos imponen los grandes señores feudales de la administración de nuestro país: el conde de OSE, el duque de UTE y el marqués de ANTEL.
Debemos reconocer que en esta época del año el bombardeo no es tan intenso. El pater familias veraneante, por ejemplo, no padecerá la experiencia de recibir las facturas de la contribución inmobiliaria ni de Primaria. Es una pena, porque ello le ayudaría a comprender mejor cómo desaparece la herencia familiar.
Este mes, el duque de UTE se ha dignado hacernos llegar una misiva, junto con su factura. Juzgando por esta última, parecería que, otra vez, el noble señor se quedará con una buena tajada del ingreso familiar.
Pero ya estamos acostumbrados; el Señor impone cada vez más restricciones y cada vez gasta más en petróleo. Alguien tiene que pagar…
En la misiva se nos informa que, "por razones ajenas a nuestra voluntad", el funcionario no pudo "acceder a su medidor de energía eléctrica para efectuar la lectura de sus consumos registrados".
No había nadie porque el equipo familiar está trabajando para producir los maravedíes que luego verterá fielmente a las faltriqueras de los señores feudales. Si se quedara en casa seguramente podría recibir al funcionario, pero difícilmente tendría la tela para pagar las facturas.
Para evitar ese problema, la nota propone "ubicar su medidor en la línea de propiedad, de forma que UTE pueda realizar la lectura de los registros sin necesidad de vuestra presencia ni de ingresar a su finca".
Esa cláusula aclaró algo que me había intrigado por meses: la proliferación de contadores de luz en coquetas cajas de plástico transparente y tubos del mismo material -en un muy discreto color blanco- que brotan como hongos (aunque sin la belleza de estos) en las fachadas de los edificios.
No solamente en las construcciones nuevas, sino, incluso, en edificios antiguos de la Ciudad Vieja.
Las instalaciones externas que propone UTE no contribuyen a mejorar la apariencia de las fachadas, un elemento tan importante de nuestro entorno urbano que tanto contribuye a la calidad de vida de los vecinos.
Podemos preguntarnos ¿para qué se habrán molestado los arquitectos, constructores y propietarios, en diseñar y construir edificios cuya apariencia exterior satisfaga un natural sentido estético, si luego se impulsa la instalación de unos artefactos totalmente extraños en las fachadas, feos y la mayoría de las veces fuera de época y de lugar?
Es posible que una hilera de fachadas, todas luciendo contadores de electricidad y las instalaciones complementarias a la vista, pueda representar el sueño ideal del señor Duque, pero no mejora en absoluto la apariencia de los hogares, no aporta nada al paisaje urbano ni mejora la calidad de vida de sus humildes vasallos vecinos de esta ciudad.
JUAN ORIBE STEMMER