ANTONIO MERCADER
Supongamos por un instante que Julio Marenales es candidato a Presidente de la República por el Frente Amplio en 2009. ¿Una locura? No tanto. Marenales arrasó en la votación en el MPP y a su vez el MPP es la mayoría del Frente. En pura aritmética política, quien controle la máquina emepepista domina la conducción frentista.
Con el apoyo de Mujica, Marenales, en teoría, podría lograr ambas cosas de modo democrático y competir para Presidente. Con su verbo airado y rancio, Marenales sería una especie de Ollanta Humala, el inviable candidato peruano que le alfombró el triunfo a su rival, Alan García. Con ese modelo de candidato el Frente no gana.
Aunque inaudita, la hipótesis Marenales, sueño de todo postulante blanco o colorado, prueba que la invencibilidad de la izquierda en 2009 es un mito. Ese mito lo nutren politólogos y encuestadores que vaticinan diez años de gobierno frentista como si el votante fuera un robot y como si el nombre, la cara y la carrera del candidato presidencial no importaran. A su favor, esos deterministas dicen que otrora, al sacar de la manga al entonces desconocido Ehrlich, Mujica lo estaba colocando ipso facto de intendente capitalino, y que lo mismo podría hacer, mecánicamente, con el primer cargo del país. Se equivocan.
En una elección presidencial -y más en el régimen de balotaje que termina siendo como una riña entre dos gallos- las dotes personales pesan como el plan de gobierno o la identidad partidaria.
El Frente Amplio tendrá un problema mayúsculo al designar candidato. Eso lo saben quienes echaron a rodar nombres posibles: el de Mujica, líder del grupo más votado, a quien le costará más de lo que cree quitarse el sayo presidencial que le ciñen, ilusionados, sus miles de votantes; el de Astori, el presidenciable natural vigorizado por su segundo puesto en las internas; el de Vázquez si busca la reelección que insinúan los globos sondas lanzados desde su entorno, o el de un "tapado" potable a ungir por consenso.
Como en 2004, todo indica que en 2009 no habrá puja en el Frente para elegir candidato y que el nombre se parirá entre casa, no en las urnas. La última palabra la dirán Vázquez y Mujica. El primero, porque su posición lo consagra como "gran elector"; el segundo, por su ascendiente. ¿Creen ellos que la izquierda triunfará otra vez aun con piloto automático?
Si lo creen, deberían repasar ejemplos adversos al fatalismo electoral entre los cuales basta mentar uno: al promediar el primer mandato de Sanguinetti, en la euforia del retorno democrático, los jefes foristas predijeron una retahíla de gobiernos colorados sin prever que poco después los blancos darían vuelta la torta de manera espectacular. Es un caso que los analistas de izquierda, devotos de las leyes hegelianas y las categorías inmutables, deberían recordar. Y releer el párrafo en donde Gramsci asegura que en la arena política la huella de un solo hombre puede transformarlo todo.