HENRY SEGURA
Hay ciertos rasgos de crueldad en el mundo del espectáculo que no suelen salir a la luz del día. Por ejemplo, para un director de cine ser viejo es pecado mortal. Al tratarse de un negocio, los inversores exigen que sus capitales queden a cubierto más allá de la notoriedad del realizador que marche a su frente.
Ocurrió hace unos años cuando el legendario Michelangelo Antonioni quiso filmar Al di la delle nuvole. A su lado se puso solidariamente el alemán Wim Wenders como director alternativo, por si algo le pasara al entonces octogenario cineasta italiano. Para colmo de males, una enfermedad prácticamente impedía que Antonioni hablara, algo que el director de La aventura y Zabriskie Point sustituía por un lenguaje gestual que su esposa descifraba.
Con Robert Altman, fallecido el pasado lunes, estaba ocurriendo algo parecido. Más importante como referente ideológico que como artista, Altman siempre contó con la complicidad de mucha gente, pero tampoco pudo escapar a las exigencias de la producción. Paradojalmente, el reciente estreno de su último film, A prairie home companion, despertó grandes elogios de la crítica. A su vejez, el irregular Altman dio un formidable golpe de vida que quedará entre lo mejor de su legado.
Pero no pudo completar una historia basada en el documental Hands on a Hard Body (de 1997). Tras el diagnóstico de cáncer, hace 18 meses, había alertado a los suyos que seguiría adelante hasta el último día. Confiaba en las posibilidades de negociación que tenía su empresa, la Sandcastle 5 Productions, para iniciar el rodaje en febrero. Ese libreto sobre concursantes compitiendo por conseguir un camión manteniendo una mano en el vehículo, ya no será posible. Es que ni siquiera el gesto solidario es capaz de reparar lo que en arte es verdad: hay insustituibles.