El encanto de una gran tilinga

CARLOS REYES

Cuando Martín y La Monita se encontraron por primera vez y empezaron los primeros pasos de un largo romance lleno de tropiezos y caídas, los espectadores uruguayos de Sos mi vida (que entonces no eran tantos como ahora) comentaban algo despistados que la telenovela tenía su gracia, pero que las actuaciones eran raras. Costó un poco (como ya había pasado y volverá a pasar con la televisión argentina) entender el código, lleno de subrayados, exageración y parodia.

Cuando los protagonistas fueron entrando en la cabeza y el corazón de la gente (de la gente que mira estas cosas), otros personajes secundarios fueron creciendo, llegando por momentos a opacar a la parejita que a veces se ponía un poco pesada. Entre esos seres que fueron creciendo desde la nada, el que interpreta Griselda Siciliani se lleva buena parte de los laureles y las risas.

Debi, que no para de hablar, con ese tonito agudo (en un primer momento insoportable), rápidamente fue eclipsando todas las situaciones, al punto que el espectador queda esperando que entre en escena. Verborrágica e irracional, alocada, mirando la vida desde el dinero y el deseo, incapaz de comprender las tragedias de las historias de amor ajenas (ni menos las propias), su estupidez pronto sedujo y empezó a ser el comentario en ferias y oficinas.

Porque como todo buen personaje, éste habla de la gente real, recordando a la vecina o a la amiga de la vecina, o a aquella novia insoportable que todavía se añora. Claro que construir un personaje así no se hace a pura estupidez sino todo lo contrario. Con talento, con gracia, con actuación y con mucha garra, arma Siciliani a esta tilinga que reconoce con orgullo que no tiene nada en la cabeza. En suma, un lección más de la tan despreciada televisión argentina.

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