Antonio Mercader
La discutible decisión de hacer la Cumbre Iberoamericana en Montevideo causó trastornos antes de tiempo. Punta del Este, exitosa sede de la primera cita de presidentes americanos (1967) y de la ronda inicial del GATT (1986), fue relegada, nadie sabe por qué. Desechando la oportunidad de exhibir -y publicitar- a escala mundial nuestro balneario atlántico, se optó por la capital, elección que redobló la obsesión por la seguridad, esa manía de nuestra cúpula de gobierno. Lo raro es que Punta del Este haya sido descartada pese a sus mayores facilidades logísticas y de vigilancia.
La preferencia por Montevideo inspiró de entrada ideas absurdas como declarar feriados no laborables el 3 y 4 de noviembre en todo el departamento así como el anuncio del registro casa por casa de la Ciudad Vieja, barrio en el que se planeaba tomar las huellas dactilares de sus habitantes. Todo por la bendita seguridad. De ese modo, la veintena de presidentes visitantes (y la oleada de periodistas que los siguen) recibirían la imagen de una ciudad paralizada y armada a guerra. Además, en un país con un calendario tapizado de días en rojo, parar cuatro jornadas seguidas era un lujo de costos siderales.
Tanto resonaron las protestas que al fin las medidas se suavizaron por ley. El feriado será zonal, la Ciudad Vieja no será considerada territorio apache.
Quedó la incógnita de por qué se eligió Montevideo cuando la estadística ungía favorita a Punta del Este. En efecto, la mayoría de las anteriores cumbres iberoamericanas no sesionaron en capitales sino en sedes turísticas como Bahía, Cartagena de Indias, Bariloche, Viña del Mar, Isla Margarita o la playa dominicana de Bávaro. Es que hay países que saben vender sus polos de atracción. Aquí, alguien se encaprichó con Montevideo, improvisó y desató esa lluvia de rezongos que fue la primera noticia que salió al mundo sobre nuestra cumbre.
Un mal comienzo a enmendar de aquí en más. Organizar bien la reunión, cuyo eje será el crucial tema de las migraciones, es una causa valiosa. Por unos días estaremos en la mira de la prensa internacional que no perdonará errores. Por tanto, Uruguay debe estar a la altura de la exigencia de este ciclo de Cumbres iniciado en Guadalajara, México (1991) y que afianzó los lazos entre los países iberoamericanos, un logro bienvenido entre las discordias de estos días. Ya no hay lugar para improvisaciones.