Se atribuye a José Stalin la afirmación de que una muerte es una tragedia, pero que un millón de muertos son apenas una estadística (el tirano soviético era por supuesto un real experto en estadísticas).
La frase viene a cuento porque el número de muertes provocadas por los atentados terroristas del 11 de setiembre de 2001, unas cuatro mil, es lo suficientemente alto como para arriesgar convertir esa tragedia en una estadística. Tal vez por ello, el primer mérito de esta película de Paul Greengrass consiste en devolver el tema a un nivel "manejable" (es decir, humano). Lo que el film cuenta es una historia puntual, la del "cuarto avión", el vuelo 93 de United que los terroristas planeaban estrellar contra el Capitolio o la Casa Blanca pero que terminó cayendo en Pennsylvania. Se han manejado teorías conspirativas acerca del episodio, incluyendo la de que el aparato fue derribado por la propia Fuerza Aérea norteamericana, pero la película se queda con la versión más plausible: un grupo de pasajeros intentó dominar a los secuestradores, y el avión cayó a tierra.
Greengrass y su equipo no se desvían en psicologismos ni historias personales, narran en tiempo real, y se concentran férreamente en su asunto, desde que los terroristas y demás pasajeros ascienden al aparato y éste levanta vuelo, hasta las tensiones que se suscitan cuando los islamistas toman el control y los demás empiezan a comprender qué está sucediendo e intentan un golpe desesperado.
El director británico, que ha estado vinculado a las aventuras del superespía Jason Bourne pero tiene también en su haber un elogiado "docudrama" (Domingo sangriento) sobre el interminable conflicto irlandés, aplica igualmente aquí un criterio cercano al documental. Inevitablemente tiene que inventar (jamás se sabrá qué se hizo y se dijo dentro del avión, hecho por hecho y palabra por palabra, durante esa terrible hora y media), pero integra la mayor cantidad posible de acontecimientos registrados: las llamadas por celular desde la nave, los intercambios entre controladores aéreos y autoridades civiles y militares. Con ello logra un considerable grado de plausibilidad.
También emplea una cámara muy móvil, que salta de un personaje a otro, observa rostros y reacciones y elude el encuadre "bonito", con lo que acentúa la sensación de autenticidad, aumentada aun por la negativa a utilizar actores demasiado conocidos (no hay "estrellas" en el film) y a distraerse en sus conflictos personales o familiares. También evita los editoriales políticos y hasta la emotividad triunfalista: la reacción de los pasajeros es mostrada como un comprensible acto de desesperación antes que como una resignada o consciente aceptación del heroísmo. Es posible, de todos modos, que islamistas muy susceptibles se molesten por el montaje alternado que contrasta un rezo del Padrenuestro con algunas oraciones coránicas: allí el film establece una línea entre el Bien y el Mal.
Su logro es empero la construcción de un creciente mecanismo de tensión que no se ve afectado siquiera por el hecho de que el espectador ya conoce el final. Es posible incluso que ese desenlace que se sabe fatal acentúe en lugar de disminuir el impacto del film: es duro (y debió serlo más para los familiares y amigos de los directamente involucrados) acompañar en la pantalla durante una hora y media a gente que está condenada desde el principio.