JUAN ORIBE STEMMER
El Primer Ministro Tony Blair confirmó que la próxima conferencia del Partido Laborista, que tendrá lugar a fin de mes en Manchester, será la última a que asistirá como tal. Lo manifestado es un cambio sustancial de sus declaraciones a principios de septiembre cuando se negó a definir una fecha precisa para dejar su cargo y aconsejó a su Partido que dejara de obsesionarse con el tema. La contienda interna que hasta ahora había permanecido más o menos encubierta, ha emergido a la superficie. Mucho hace temer que el Laborismo haya vuelto a su antiguo autodestructivo hábito de desgarrarse y fragmentarse internamente.
El actual Primer Ministro fue elegido por primera vez a la Cámara de los Comunes en 1983, cuando su partido todavía estaba inmerso en una dura lucha interna entre su ala izquierda y su sector más moderado y centrista. En esa elección el Partido Conservador, liderado por la Sra. Thatcher, conquistó una sólida victoria electoral que le aseguró a la Primera Ministra el apoyo político para embarcarse en un ambicioso programa de privatización, desregulación de la economía, reforma de la legislación sobre sindicatos y cambios en el Servicio Nacional de Salud y en el sistema de enseñanza para permitir la aplicación de mecanismos del mercado. La experiencia de la elección de 1983 influyó considerablemente la visión política del joven diputado laborista.
En los años siguientes Blair ocupó cargos de creciente responsabilidad en el "gabinete sombra" de su Partido. En 1994 fue elegido líder con una sólida mayoría partidaria y se embarcó en una campaña para modernizar el programa partidario y mover el Laborismo hacia el centro del panorama político británico como un requisito esencial para conseguir desplazar al Partido Conservador de su posición dominante. Aquí fue cuando comenzó a definir la idea de un tercer camino, entre el laborismo tradicional (con su fuerte énfasis en el papel del Estado y la propiedad pública de servicios y empresas) y el Partido Conservador (con sus propios dogmas sobre el mercado y la responsabilidad individual).
Sus esfuerzos dieron resultado: el Partido Laborista, después de 18 años en el llano, ganó por una avalancha la elección de 1997. Blair, a los 43 años de edad, se convirtió en Primer Ministro. La performance se repitió en la elección general de 2001. Los laboristas también ganaron su tercera elección general en mayo del año pasado, aunque por un margen mucho más pequeño: las mayorías de 179 y 165 diputados respectivamente, se redujeron a 77 escaños. El contraste alimentó el debate interno que culminó en estos días con el anuncio de Blair.
¿Qué ha sucedido?
La misma energía y decisión que lo condujeron a modernizar el Partido Laborista y abrir un nuevo camino político para la sociedad británica, en cierta forma, sembraron las semillas de los acontecimientos que ahora lo obligan a renunciar al cargo de Primer Ministro. Existen muchos motivos, pero su política exterior en el Medio Oriente y Afganistán es una de las principales causas de la caída de su apoyo político.
Pero todavía le queda una última tarea: mantener la unidad partidaria y asegurar que la elección de su sucesor no se realice en la penumbra de los despachos, sino que sea un proceso abierto y transparente. Si consigue estos objetivos, le habrá hecho un gran bien a su Partido y a su país. Es al aire libre y en la cancha donde se ven los pingos.